En los ochenta, la tabla en el Perú era, casi casi, un romántico hobby de pastrulos. A pesar de que Felipe Pomar ya tenía estatus de héroe hawaiano, y a pesar de que había una afanosa argolla que aceitaban sus longboards en el Waikiki, en Lima la actividad acusaba el desprecio de una sociedad prejuiciosa que la veía como eso: un divertimento para pitucos durante el sunset.
Con el tiempo, la tabla creció y dejó de ser ese pasatiempo de galifardos y bacancitos. Fue la generación de ‘Magoo’ de la Rosa la que le dio movimiento, roce internacional, ambición competitiva. La tabla pasó a considerarse, ahora sí, un deporte oficial. Lo único, digamos ‘negativo’ era su condición de deporte de élite machista, practicado básicamente por el cogollo varonil que se desparramaba entre San Bartolo y Pico Alto. Si las mujeres acudían a las competencias de surf, era solo en bikini y nada más que para sentarse a aplaudir desde la orilla. Para ellas, la única tabla disponible seguía siendo la de planchar.
Es recién a fines de los noventa que este deporte –solitario, vertiginoso, poético– adquiere el rigor de una disciplina. La rubia Sofía Mulánovich apareció, irrumpió en la cresta de las olas más correosas, levantó copas en Estados Unidos o Australia, se subió a todos los podios del circuito mundial y les abrió la puerta a las demás surfistas locales. Ella, junto con Analí Gómez, Gabriel Villarán, Javier Swayne y tantos otros le cambiaron el chip al alelado público peruano, que por estar viendo mucho fútbol (o recordando mucho vóley) no se permitía apreciar la destreza y comprender el sacrificio de sus tablistas.
Si en estos últimos años ha habido un deporte que ha crecido al ritmo del país, ese ha sido la tabla. Además de poner en marcha una industria potente que genera ganancias, trabajo y goza de buena salud publicitaria, hoy la tabla convoca a cientos de niños y adolescentes de todos los sectores a través de las varias escuelas que se funcionan en el litoral.
Por todo eso, la magnífica noticia del título mundial obtenido por el equipo peruano, esta semana en Punta Hermosa, merece más espacio y celebración que la cobertura –entusiasta pero mezquina– que recibió esta semana. Ese título es el resultado y la evidencia de un largo proceso de profesionalización. Quienes conducen la federación de tabla han probado que el talento logra el éxito cuando se conjuga con la formalidad: una ecuación infalible que en otros deportes lamentablemente no se quiere replicar.
Renato
Cisneros