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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 07-05-2011 | Renato Cisneros

ENTRE EL ROJO Y EL NARANJA, EL BLANCO

 

El voto en blanco es una opción permitida por el sistema electoral. Es el modo en que se expresa la protesta de quien no se siente representado por ninguna de las opciones que participan en la elección, y prefiere abstenerse. No es una pose. No es una moda (o no debería serlo). Es un voto tan de conciencia como cualquiera. Y diría que hasta más principista, si pensamos en las motivaciones y pánicos con que muchos llegarán a las urnas el 5 de junio. 

 

Recientemente, cada vez que digo que voy a votar en blanco, noto una reacción casi automática de sorpresa e indignación. Es la de quienes van a apoyar a Keiko Fujimori, y que se manifiesta con preguntas tales como: ¿Cómo se te ocurre votar en blanco? ¿No tienes miedo de que el cachaco gane? ¿No te das cuenta de que favoreces a Humala? Mi respuesta ya no pasa por rebatir nada, porque siento que es un pleito estéril, sino por sonreír y rumiar mis pensamientos: “Me da tanto miedo que gane Humala como que gane Keiko, precisamente por eso voto así, porque ninguno me convence, ninguno es sólido, ninguno tiene nada que ver con lo que yo pienso acerca de lo que debería ser un presidente”.

 

Los más graciosos son los que intentan convencerte con la falaz tesis de que hay que votar, no pensando en uno, sino en el Perú. Hay que tener grandeza, dicen. Por favor. Si la ‘grandeza’ pasa por olvidar, si la ‘grandeza’ pasa por negar el pasado, por traicionar las arengas que gritaste en la calle junto con otros universitarios allá por los noventa, o por tirarse abajo las ideas que desde chico aprendiste a respetar, si todo eso significa ‘grandeza’, entonces me quedo con mi bajeza y mi poquedad.  

 

“Votar por el Perú” es un eslogan que, sonando muy altruista, también puede ser manipulador. No hay que ceder ante ese argumento. Para empezar, el voto es individual, íntimo, y debe ser consultado solo con uno mismo. No es un voto coral, colectivo ni grupal. ¿Acaso creen que los más ricos y pobres del país votan trayendo a su mente la imagen del mapa, o evocando la peruanidad? No. Lo hacen mirándose en el espejo, esperando que su realidad (la suya, la próxima, la cotidiana, no ‘la del país’) se mantenga tal como está o cambie radicalmente. No es ‘el’ futuro, sino ‘su’ futuro el que importa. Y es lógico, es coherente que sea así. No hay egoísmo en ese raciocinio, sino franqueza.

 

Los que estamos en medio –que no somos ni ricos ni pobres– podemos darnos el mesocrático lujo de agregarle a ese discernimiento el factor conceptual, moral, ético. Es decir, podemos pensar en todo eso que ni ricos ni pobres discuten (siendo grave en el caso de los ricos y comprensible en el de los pobres): libertad de expresión, democracia, derechos humanos, corrupción. Y es precisamente en esas cuatro materias donde encuentro que Ollanta Humala y Keiko Fujimori están descalificados por igual. No pasan. Jalados con cero cinco. No han conseguido entusiasmarme. No creo en lo que dicen. No los hallo sinceros. Sus recursos teatrales acaban donde empiezan mis sospechas. Sus ideologías momentáneas no sintonizan con mis pocas convicciones. Y por eso, únicamente por eso, el 5 de junio voy a votar en blanco.

 
Renato
Cisneros

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