Los pueblos también son el resultado de sus pequeñas y grandes revoluciones. De la capacidad que tiene un pueblo para enfrentarse a un poder despótico nacen sus agallas para no tolerar cualquier futuro simulacro de autoritarismo. Esa es la paradoja que no contemplan ni terroristas ni dictadores: mientras promueven el miedo para perpetuar sus ideas, van inoculándole a la población una impotencia que, tarde o temprano, devendrá en coraje liberador.
Si hay algo que me tranquiliza en estos días de tensión y recelo electoral, es eso: saber que nuestra sociedad civil ya no es la misma que la de hace treinta o veinte años. Hay varias generaciones de peruanos que crecieron con pánico por culpa del terrorismo, y que luego soportaron la lenta instalación de la dictadura con un silencio, no tanto de complicidad, sino de desconcierto. Esos mismos peruanos fueron los que más tarde, entre el 96 y el 2000, en Lima y en provincias, hartos de tantísimos abusos, salieron a marchar incontables veces para recuperar la democracia. Hasta que lo consiguieron. No fue una proeza fácil, pero sí útil. Hoy esos peruanos son cabeza de familia, y sus hijos están educados e instrumentalizados para dar su opinión, para quejarse, para no conformarse. Hoy esos peruanos conducen hogares, lideran empresas, actúan en medios, toman decisiones importantes. Algunos habrán aprendido en el camino a defender intereses particulares, pero quisiera creer que la mayoría continúa defendiendo los valores inoculados en tantas tardes de protesta.
Ya con el gobierno de Alan García hemos probado que no somos los de antes. Habrá habido corrupción a granel y una gestión del Estado harto populista, pero el menor exceso se convirtió en escándalo gracias a que esta nueva sociedad civil –fisgona, alerta, crítica, suspicaz– jamás se quedó callada. Lo que la prensa obvió, lo denunció la gente.
A lo largo de años, el terrorismo y la dictadura nos desmoralizaron, nos quitaron autoestima, pero sin darse cuenta nos permitieron fundar un carácter. Una vez que algo te impulsa a abandonar tu casa para sumarte a cientos de personas que defienden en la calle derechos en los que tú también crees; una vez que te pintas las manos, que lavas tu bandera en público, que te desgañitas con proclamas de libertad; una vez que te enfrentas –con esa mezcla de fiereza y adrenalina– al odio del terrorismo y a las bombas de gas de la dictadura, tu sensibilidad cambia para siempre. Y una vez que aprendes a defenderte, nunca más vuelves a tener miedo.
Si los señores del fujimorismo tuvieran la peregrina pretensión de volver a gobernar como en los noventa, habría que advertirles que nosotros sabemos cómo torcer los fantasmas que ellos quisieran resucitar. De igual modo, si los nacionalistas quisieran conducir el país al estilo de Venezuela, habría que recordarles que nuestra sociedad continúa damnificada por la dictadura civil que concluyó hace apenas once años. Y eso la empodera, y la hace no manipulable, muy peligrosa para un gobierno con vocación radical.
Que lo sepan bien Keiko y Ollanta. Podremos tener incertidumbre, pero jamás temor. Hace veinte años, cuando la cosa se ponía fea, nos escondíamos para protegernos. Ahora es al revés. Nos protegemos hablando, saliendo, escribiendo. Hemos aprendido. Ya vivimos lo peor. Ya no somos los mismos.
Renato
Cisneros