El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 21-05-2011 | Renato Cisneros

GIVE PEACE A CHANCE

 

Me ha pasado con amigos de toda la vida. Me ha pasado con dos taxistas. Me ha pasado con mis hermanos y mi madre, sentados alrededor de la misma mesa. Me ha pasado con mi novia y con amigos de mi novia. Me ha pasado con el dentista. Con mi madrina. Con vecinos del edificio, en pleno ascensor. También con compañeros del trabajo. Me ha pasado, por supuesto, con los trolls del Twitter y Facebook. Y apuesto a que me seguirá pasando hasta el 5 de junio, y quizá después.

 

Por más que muchas de mis últimas conversaciones sociales empezaron con un claro lema prohibitivo –"por favor, no hablemos de política"–, tarde o temprano la política se las ingenió para aparecer, y, con ella, la peligrosa chispa de un incendio. Basta que alguien toque tangencialmente algo relacionado con la coyuntura electoral para que todos caigamos de inmediato en mutuas y agotadoras interpelaciones: ¿Por quién vas a votar? ¿Ollanta o Keiko? ¿Qué? ¿Pero por qué? ¿Acaso ya no te acuerdas? ¿Y qué prefieres, un gobierno chavista? ¿Y no te importa la democracia? ¿Prefieres el retroceso? ¿O sea que toleras la corrupción? ¿No te das cuenta de que nos vamos a ir al diablo? ¿No te das cuenta de que ya estuvimos allí? Eres un posero que le sigue el juego a la izquierda. Lo que pasa es que tú no tienes conciencia. Cállate, idiota. Chau, resentido. Egoísta de mierda. Caviar de porquería. Etcétera, etcétera.

 

Si uno tiene tino, reflejos, puede apagar el fuego a tiempo y entonces el altercado solo devendrá en la instalación de un silencio glacial, incómodo, que desaparecerá a punta de gruñidos y bisbiseos. Pero si se imponen pasiones y prejuicios por encima de los argumentos, los involucrados acaban liados a golpes, o por lo menos haciendo el amague, tipo Vitocho con Luis Wilson.

 

Debemos estar funcionando muy mal como sociedad para haber permitido que nuestros círculos más cercanos se vean contaminados por la gran tensión nacional por las elecciones provocada. Una cosa es que el país esté polarizado, y otra que nuestra casa esté dividida. Una amiga me contó hace poco que su familia ha suspendido los almuerzos familiares hasta nuevo aviso, porque en el último la discusión electoral acabó en un hostigamiento innecesario, parecido al que ocurrió fuera de Canal N. Si no se lanzaron huevos, es solo porque se los acababan de comer. 

 

Lo más irónico es que la solución no está en evitar el tema. Al revés: es ahora cuando hay que aprender a hablar de política, de nuestras ideas, temores, del tiempo difícil que se viene. Obviarlo significaría acumular asperezas que terminarán estallando después, quizá ya no en la casa, pero sí en cualquier otra parte. Si nosotros, como familias, amigos, individuos comunes, no aprendemos a dialogar, a entender y tolerar que pensamos distinto, con qué cara se lo pedimos al país. 

 

Capacidad de comunicación evidentemente no veremos en el próximo Congreso. Tampoco relucirá en la caliente relación que inevitablemente sostendrán el próximo gobierno y la oposición. Mucho menos en las complejas negociaciones del futuro Ejecutivo con las descontentas poblaciones rurales. No. Hoy el conflicto social más inmediato está en el centro de nuestro espacio vital. Así de cerquita. Y si no sabemos resolverlo, terminaremos pareciéndonos mucho a todos esos políticos que a diario tachamos de inútiles, obtusos e impresentables.    

 
Renato
Cisneros

Mis otra columnas
Galería Fotográfica
Galería Fotográfica
Encuesta

¿Está de acuerdo con el desempeño del Gobierno en el caso Conga?





Diviértete