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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 11-06-2011 | Renato Cisneros

CAIMANES DEL MISMO POZO

¿Cuán rentable es traicionar la propia coherencia en nombre de la defensa de aquello que, suponemos, representa el bienestar del país? ¿Puede uno quebrar su predicamento, sus teóricas vocaciones para aunarse a posiciones que en el pasado resultaban antagónicas, bajo el pretexto de defender la democracia o, mejor aún, el sistema? ¿Debe uno sacrificar cuestiones de índole moral para apoyar causas de aparente cariz patriótico?

 

Sé que jamás seré político cuando noto el absoluto desparpajo con que muchos políticos desprecian las posturas que ayer defendieron con ardor. Porque una cosa es probar progresivamente los matices de una ideología, moderarse digamos, y otra, muy distinta, es desconocer los símbolos que encarna, subestimando así la confianza de los votantes.   

 

Lo digo, en principio, por Alejandro Toledo, que hace solo unos meses echaba permanentes sombras de duda sobre la integridad de Ollanta Humala, y hoy se jacta de ser coprotagonista de su triunfo. Lo calificó de ‘salto al vacío’; lo fustigó por los hipotéticos crímenes perpetrados en Madre Mía; lo enfrentó por haber organizado un levantamiento contra su propio gobierno, sin embargo, al final, sin empachos, hasta le sirvió de telonero en el mitin de cierre de campaña. ¿Tan complicado era asumir una posición neutral? Qué fue lo que lo movilizó: ¿el desinterés, la incondicionalidad, o el terrorífico miedo de convertirse, con un triunfo de Keiko Fujimori en sociedad con Alan García, en un cadáver político todavía más incinerado?  

 

También lo digo por Máximo San Román, bastión de decencia en la época de la mugre fujimontesinista, y hoy increíble proclamador de arengas a favor de la hija del ex dictador. Todo el respeto que en los noventa inspiró su resistencia democrática se ha hecho automático polvo. Si antes, cuando Montesinos –guiñándole un ojo a Fujimori en los tribunales– lo vilipendió en público, tratándolo de diligente cortador de salame, San Román mereció un abrazo solidario, hoy provoca pedirle que nos los devuelva.     

 

Y también lo digo por Pedro Pablo Kuczynski, que tiró por la borda su cosecha política de la primera vuelta por el puro pánico que Humala despertaba entre sus amigos inversionistas. Soy, lo confieso, un ppkausa desengañado. Voté por él, creyendo que había convicciones cívicas debajo del manto de prestigio que lo arropaba. Hoy sé que no. Fue un gran showman, nada más. Prometió neutralidad, pero no la tuvo. Prometió abdicar de su nacionalidad estadounidense, pero no concluyó el trámite. Convocó a miles de jóvenes a su alrededor, pero luego, al irse con Keiko, les pegó una estocada a cientos de ellos, que nada querían saber con la Primera Dama del fujimorismo. Echó a perder su bolsón cautivo. Hasta el muñeco PPKuy, por su ausencia pública durante los días previos al balotaje, hoy goza de más credibilidad.  

 

Que los empresarios de élite cambien abruptamente su forma de pensar respecto de Humala no sorprende. No nos duele que se desdigan. Ellos tienen una caja registradora en el alma. Lucran, calculan, son fríos en su indolencia. Eso explica la velocidad con que se mudan de vereda.

 

Con los políticos es distinto, porque ellos representan a otros ciudadanos. De ellos sí se esperaba cierta consecuencia idealista, o al menos una abstención digna en medio de dos candidaturas con las que jamás habían tenido coincidencias. Es grave que los políticos empeñen su palabra y la deshonren después, según vaya cambiando el panorama. No elegirlos más, nunca más, es la única sanción social que corresponde.  

 
Renato
Cisneros

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