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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 18-06-2011 | Renato Cisneros

PAPÃ PALACIO

 

Creo que podemos estar de acuerdo en esto: a la mayoría de nuestros últimos presidentes les fue mejor como padres que como esposos. No lo afirmo con ánimo de juzgar la conducta marital de los ex mandatarios, sino con la finalidad de poner en perspectiva su dimensión humana, esa que tanto se ventila durante las campañas, pero que mucho se encubre durante los gobiernos. Dicho análisis, además, considerando la efeméride de mañana, algo de oportunidad tiene.

 

No es difícil sospechar que, en su calidad de parejas, tanto Alan García, Alberto Fujimori y Alejandro Toledo, pasando por el propio Valentín Paniagua, provocaron al menos una zozobra en el corazón de sus esposas. Tres de ellos tuvieron hijos de relaciones extramatrimoniales: gruesos deslices que la prensa trató con serena prudencia en el caso de Paniagua, con controlado morbo en el caso de García, y con deliberada indignación en el caso de Toledo. Sólo uno de los cuatro antes mencionados, Fujimori, le fue supuestamente fiel a su mujer. A cambio, eso sí, le infligió maltratos físicos y psicológicos, arrastrándola a una separación sobre la que nunca han escaseado los rumores.

 

Toda la simpatía popular que estos dignatarios perdieron por sus faltas conyugales, la compensaron con su faceta de papás. Los hijos de Paniagua, como los de García y los del propio Fujimori siempre se han referido a sus progenitores con cariño y admiración, siendo los más pequeños quienes nos han permitido conocer el lado más dócil y bonachón de los acartonados Jefes de Estado. Pienso sobre todo en Kenji Fujimori Higuchi y en Federico Dantón García Chessman, cuyas públicas morisquetas y pueriles engreimientos propiciaron en sus padres algo que parecía imposible: visibles mohínes de ternura, arrebatos de calidez, accesos de humor. Amén, claro, de espontáneas y profusas efusiones de baba.

La relación con la prole, al menos la que se ha visto, ha sido en general muy positiva. Y si el viejo Fuji supo estimular a dos de sus hijos para que avancen en la vida política, que nadie se sorprenda si en treinta años más un anciano y nonagenario Alan auspicia la candidatura presidencial del joven Federico. (Si no antes la de Alan Raúl).

 

Con Toledo la historia es diferente. En su rol de esposo provocó más de una crisis, y en su ejercicio de la paternidad metió la pata muy feo. No lo digo por el trato que le dio a Chantal Nathaly Toledo Karp, la mimada princesa de rizos negros que vivió en Palacio y estudió en California, sino por el que le procuró a Zaraí Jezabel Toledo Orozco, la negada Cenicienta que nació en Piura y bregó años para lograr que su ingrato padre, arrinconado por la prensa, decida reconocerla.

 
Si pensamos en Ollanta Humala, cualquier conjetura sonará precipitada. La postal electoral nos lo ha mostrado como esposo cómplice y abnegado –con visos de saco largo–, y también como papá querendón, al lado de Illary, Nayra y Samín Humala Heredia. (Por cierto, este último nacido al inicio de la campaña, colaboró directamente en refrescar su perfil como jefe de familia).


No sabemos si el nuevo mandatario seguirá los pasos de sus antecesores en la estólida tradición de tirar canas al aire y sacar los pies del plato [algunos chismes maledicentes insinúan que ya lo hizo], pero como padre nadie puede negar que inspira una enorme confianza. Finalmente, el país que les dejará a sus hijos será el mismo que heredaremos todos los peruanos, de modo que quienes no se entusiasmen con las propuestas del presidente Humala, quizá sí lo hagan con los mimos del papá Ollanta.  
 

 
Renato
Cisneros

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