Hace cuatro años viajé con cinco amigos a Buenos Aires. Eran los días de la Copa América 2007, disputada en Venezuela. Mientras la selección peruana avanzaba a trompicones en la primera fase del torneo (triunfo ante Uruguay, empate con Bolivia, derrota ante el anfitrión), nosotros nos dedicábamos a turistear por Puerto Madero y Caminito, indiferentes a la Copa, seguros de que el equipo de Julio César Uribe sería eliminado más temprano que tarde, y de que no valía la pena distraer nuestra expedición viendo al tibio Perú.
Sin embargo, cuando supimos que la selección clasificó a octavos de final, instancia en la que además enfrentaría a Argentina, nos pusimos la camiseta del oportunismo y decidimos ver el crucial partido en un bar escondido de La Recoleta.
Recuerdo que esa mañana nos levantamos con la certeza de que Perú ganaría. El hecho de estar temporalmente afincados en la capital argentina nos hizo creer en la improbable concreción de un triunfo deportivamente heroico, circunstancialmente poético. De hecho, nueve días atrás, apenas aterrizamos en Ezeiza, Álvaro, el más futbolero del grupo, hizo una profecía a manera de pregunta: “¿Se imaginan que nos toque jugar con Argentina y que le ganemos mientras estamos aquí? Sería genial”. El descaro de su optimismo propició entonces nuestras burlas compasivas. Su intuición, no obstante, era correcta.
A lo largo del camino rumbo al bar hicimos gala de un testarudo ego triunfalista. Al recepcionista del hostal donde nos alojamos, a un vendedor de diarios, a un policía, en fin, a todo transeúnte que nos retaba le recordábamos esa consentida falacia que asegura que ante Argentina el Perú “siempre se crece”.
Una vez en el local, pese a que estaba repleto de argentinos, seguimos dándole cuerda a nuestras ínfulas de enemigos históricamente peligrosos. No contentos con eso, nos sentamos en primera fila, a escasos metros de la incandescente pantalla gigante, dispuestos a hacer toda la bulla que fuese necesaria para contrarrestar el generoso y parejo abucheo de los parroquianos.
El primer tiempo acabó 0-0. Entusiasmados con el resultado parcial, aplaudimos cada comentario favorable de Macaya Márquez en Canal 13 y, acicateados con decenas de botellitas de Quilmes, comenzamos a gritar de pie sobre las sillas: "¡Perú, Perú!". Fue una innecesaria exhibición de patriotismo. El gélido silencio de los argentinos nos hizo pensar por un instante que, al menos en lo moral, el partido lo teníamos ganado.
Grandísima fue nuestra ingenuidad, abominable nuestra ceguera. Por el solo hecho de estar de vacaciones en Buenos Aires habíamos inflado al máximo una esperanza que, obvio, estaba a punto de pincharse. El primero en pincharla fue el superdotado de Riquelme, que anotó en dos ocasiones. Luego Messi, luego Mascherano. Fue un 4-0 terrible. Cada gol de Argentina, con la correspondiente celebración del auditorio, nos fue desfigurando la cara, primero de bronca, después de vergüenza.
Perder es horrible. Pero es peor sacar pecho de talento que no tienes y luego balbucear pálidas explicaciones al aire. Apenas pitó el árbitro escapamos del bar en dos grupos de tres, como si fuésemos carteristas, y montamos el primer taxi rumbo al hotel. El chofer, tal vez confundido por nuestra rigidez y apatía, preguntó de qué país éramos. Ninguno se animó a responder.
Renato
Cisneros