Yo vivo por Monterrico, pero muero por Susana. Susana Villarán de la Puente. La ex tía Regia, hoy devenida en Lentejita o Lady Vaga. No seamos literales: decir que muero por ella solo equivale a decir que guardo debilidad y simpatía por el estilo –impopular, pero valiente– con que ella desea gobernar Lima.
Si bien es cierto que en la campaña electoral municipal prometió concentrarse en corregir el caos vehicular y atacar la delincuencia (tareas titánicas que por algo han sido la obsesión y eterna cruz de los últimos alcaldes), buena parte de su discurso estuvo orientado a potenciar un concepto que a la mayoría de limeños le cuesta entender: la necesidad de construir ciudadanía.
De qué sirve una capital económicamente viable, recubierta de maquillaje cementero, satisfecha de su repentina condición próspera, si en ella habitan gentes con enormes dificultades para practicar la solidaridad, la tolerancia y el respeto por el otro. Lima, fíjense, es una urbe babélica en la que el florecimiento de negocios y edificios guarda relación directa con la incomunicación y agresividad que reina entre sus habitantes.
El ex alcalde Castañeda –al margen del chongo aún no resuelto de Comunicore– fue un administrador que hizo prevalecer su perfil técnico y estilo pragmático. No resolvió los grandes problemas de Lima, pero, vamos, invirtió recursos e hizo las obras que correspondían a una década de relativa bonanza. Que le haya puesto su nombre a cada una de ellas constituye una huachafería que no le resta mérito a su gestión.
Las ciudades, sin embargo, más allá de embellecerse con asfalto, dependen de su componente humano. El descuido de ese factor es el que finalmente explica por qué vivimos rodeados de violencia, disputas, transgresión, coimas. Me parece que Susana Villarán, con todas las limitaciones de gerencia que pudiera tener, está interesada en devolvernos a los limeños el aprecio perdido hacia lo que significa formar comunidad. Por eso encuentro injusto que quienes no se identifican con ese espíritu progresista –en lugar de apuntar al consenso– estén promoviendo amenazantes acciones contra el mandato de la autoridad. Dicho de otro modo: celebro las críticas inteligentes que se le hacen, y hasta la ocurrencia de las bromas en el twitter respecto de su supuesta negada holgazanería (la de Villa–haragán es notable), pero me parecen profundamente ridículas las iniciativas que instigan a la revocatoria.
Se equivocan quienes creen que los alcaldes deben ser actores meramente ejecutivos. En este tiempo, un alcalde debe ser, por sobre todas las cosas, un líder social, un activista que –sin olvidar las carencias principales de la población que lo eligió– se preocupe de integrar, no a las élites, sino a las minorías, haciéndolas sentir parte de un mismo espacio. Precisamente la ausencia de ese tipo de liderazgo es el que a la larga activa la desigualdad y el conflicto, como puede verse en tantísimas regiones del interior del país.
Vivimos en Lima, pero hacemos un penoso ejercicio de la convivencia. Eso tiene de malo la prosperidad económica mal entendida: hace que la gente busque el confort egoísta y se olvide de compartir cosas como la dignidad, el orgullo, la pertenencia.
La ciudadanía no se licita ni se construye con planos ni maquinarias. No es visible, aunque sí rentable. Ojalá que Villarán tenga tiempo para demostrarlo.
Renato
Cisneros