¿Nos quejamos o hacemos? Ante este dilema, los peruanos solemos agotarnos en la queja antes de ponernos a hacer cosas. Como si el nuestro fuera un país maduro donde es de esperar que las instituciones funcionen.
El resultado de esta posición frente al país es la frustración colectiva: pocas cosas funcionan como a nosotros nos gustaría. Somos un país de individualistas frustrados y quejosos. Un país de gente muy ocupada en construir su progreso personal, pero a la que le importa poco la construcción del colectivo social.
En nuestro país sobreestimamos la capacidad de acción del Estado. “¿Cómo es posible?”, exclamamos acalorados por cosas que no funcionan y por comportamientos inapropiados de las personas, como si se hubiese trabajado intensamente para que no ocurran estas constantes disonancias sociales. ¿Cómo cambiar el ánimo del país?
¿Cómo dejar este estado de frustración y queja constante frente al presente para convertirlo en uno de alegría? Pues creo que solamente si asumimos que somos un país en construcción. Un país en construcción demanda mucha educación de adultos, mucho debate y mucho trabajo en generar acuerdos sociales y en nada de esto estamos trabajando.
Tenemos que cambiar la vocación de demandar por la vocación de entregar. Cambiar la vocación de esperar a que todo funcione bien por la de colaborar para que las cosas comiencen a funcionar bien. El reto es cambiar la secuencia: “algo está mal – me quejo – destruyo” por la de “algo está mal – aglutino colaboradores – construyo”. Tenemos este problema a todo nivel, en la junta de vecinos, en la asociación de padres de familia y también en Confiep, la Sociedad Nacional de Minería, en Gamarra, Polvos Azules y en las pequeñas ciudades andinas. En casi cualquier colectividad funciona mejor la destrucción del otro antes que la construcción con el otro.
Todo sería más fácil y feliz en el Perú si lográramos generar en las personas y en las empresas un mayor compromiso con la sociedad. No tenemos el país que queremos pero podemos construirlo. Este cambio de perspectiva podría cambiar el humor nacional y desatar la creatividad y la armonía.
Los que estamos aquí, en el Perú, no tenemos otro destino que construir juntos si queremos avanzar. Todos estamos ineludiblemente amarrados unos con otros, nos guste o no nos guste. Somos lo que somos, ni más ni menos. Deberíamos ya haberlo comprendido hace ya bastantes años.
Pero hasta ahora ninguna colectividad de líderes peruanos ha hecho el esfuerzo por resolver este problema: los peruanos aún no aceptamos que somos un país por hacer, aún no nos aceptamos los unos a los otros y aún preferimos bloquearnos antes que promovernos.
En el 2032 se cumplen los quinientos años de la llegada de los españoles al Perú, el hito de la caída de Atahualpa, el hito fundacional de nuestro país. Nos faltan solo veinte años para esa fecha. Quinientos años son suficientes para que una sociedad pase de la juventud a la adultez. Necesitamos muchos líderes para esto. En este trabajo, nadie sobra.
Juan
Infante