El Estado no funciona para los campesinos ni para los nativos de la selva. Me podrán responder que funciona mal para casi todos, y probablemente sea verdad; pero para los campesinos y nativos no funciona en lo absoluto.
“La culpa la tienen los gobiernos locales y los gobiernos regionales ´que no gastan´ el dinero que tienen o, que si lo gastan, lo hacen ´en tonterías´” – dicen los que saben. Y yo pregunto: ¿Cuánto tiempo más vamos a pasarnos en la situación de: “yo no fui, fue Teté”? Si el Estado nacional creó una situación que no funciona, pues es su obligación resarcirla.
Hace más de ocho años que se está repitiendo la misma cantaleta y el problema sigue igual o peor. “Hay dinero”, pero las cuestiones básicas no funcionan. El sistema de salud sigue siendo pésimo, los policías no brindan seguridad (más bien se asocian con los delincuentes) y el sistema judicial perenniza las injusticias. Quizás los que mejor cumplen con su misión son los profes, aunque paradójicamente son los más atacados por el gobierno central y la intelectualidad limeña. Y si hablamos de infraestructura, con tanto candado puesto… ¡la verdad, ya da vergüenza! Si lo más básico no funciona, mucho menos las otras cosas: ¿Cuántas veces mencionó Alejandro Toledo la frase “política de desarrollo rural andino y amazónico” en su gobierno? ¿Cuántas Alan García? ¿Ollanta Humala ha dicho algo al respecto? ¿Cuánto dinero existe para capacitar al campesino y a los nativos? ¿A cuántos programas de capacitación acceden? ¿Sabe alguien si acceden a crédito y a qué tasa de interés?
Mira tu plato de comida y agradece. Esas verduras que pueblan la deliciosa ensalada con la que pretendes adelgazar se la debes a una serie de campesinos. Lo mismo que la papita amarilla que cubres con esa salsa a la huancaína que tanto te gusta.
Esos campesinos que permiten que te relamas cada vez que almuerzas no tienen una línea de desarrollo posible, salvo la de abandonar sus tierras. Y están hartos de gritar y que nadie les haga caso. Lo cual, como supongo somos todos conscientes, es un absurdo. Necesitamos a los campesinos y a los nativos amazónicos, y necesitamos su desarrollo económico y social. Sin embargo, los aplastamos con nuestra indiferencia y nuestra discriminación. Hoy solo existen cuando se oponen a una gran inversión minera. Sierra y selva rurales están siendo despobladas. Los jóvenes más inquietos han migrado en busca de un mejor futuro. Mucha tierra hoy está en mano de los abuelos o de los que más temen el cambio. En términos de capital humano, sierra y selva rural se vienen descapitalizando para perjuicio de toda la sociedad peruana.
Mantener un paro por nueve o más días es, socialmente, de las cosas más difíciles de hacer; más aún cuando los que paran son los pobrísimos del Perú. La acción de Cajamarca ha sido un grito para que despertemos de nuestra autocomplacencia.
¡Declarémonos, pues, en emergencia! Nuestro Estado no sirve y, por tanto, de nada servirán tres mil ni quince mil millones de dólares. ¿Quién se apunta a pensar la cuestión andina y amazónica por nueve días? y ¿dónde nos reunimos?
Juan
Infante