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Lunes 21 de Mayo del 2012

Columnistas | 22-01-2011 | Juan Infante

HABLAR DE DINERO

Vivimos en un país en el que no es bien visto hablar de dinero. Quizá por eso tenemos tantas deficiencias en las matemáticas de los adultos. Y como el adulto es el que enseña, entonces nuestras mismas deficiencias se las trasladamos a los niños. En mi experiencia, la mejor manera de aprender las ecuaciones básicas de las matemáticas, las más útiles para la vida, es hablando de dinero.

 

En nuestra sociedad no estamos acostumbrados a hacer las cuentas con los chicos. Entonces los chicos solo saben pedir y pedir como si nuestras carteras o billeteras fuesen una bóveda en la que siempre habrá dinero. Los grandes no sabemos decirnos no ni a nosotros mismos. No hemos aprendido la lección básica: no se gasta más de lo que ingresa. Pocos hacemos el presupuesto familiar de manera abierta con todos los miembros de la familia. Esa simple práctica mensual en las familias mejoraría la formación para la vida adulta de nuestros hijos y, por supuesto, el rendimiento escolar en matemáticas enormemente.

 

No saber hablar de dinero es un problema que afecta y, por tanto, atañe a las empresas. Hablen con un dueño de un pequeño negocio o con un gerente de recursos humanos de una empresa mediana o grande y ellos les contarán de la presión que tienen porque el personal constantemente les pide adelantos y préstamos. ¿Saben por qué? Porque hay muchísimos empleados  que ya comprometieron buena parte de su ingreso futuro comprando al crédito más de lo que podían razonablemente pagar. Los empleados – como trabajan a tiempo completo - casi no tienen opciones de generar ingresos complementarios para pagar sus deudas, con lo cual sus vidas se desenvuelven en constantes tensiones económicas que se trasladan a la familia y a la empresa. Las compañías, por lo general, tratan esto como problemas individuales cuando, por el grado de incidencias, es claro que son problemas generales que debieran motivar conversaciones con todo el personal.

 

No saber y no poder hablar de dinero es una tremenda debilidad individual que, de tantos, se convierte en nacional. ¿Cuánta gente tartamudea o esquiva la mirada cuando se les pregunta sobre temas de su economía personal? ¿Cuántas personas no saben responder a la pregunta  “cuánto cobras por…”? Como si esa no fuera una pregunta que un adulto no tenga que responder con frecuencia. O más doloroso aún, personas a las que se les encienden sus cachetes cuando les preguntas ¿a qué te dedicas? Estas cosas son tan esenciales en la vida que producen mucha debilidad cuando uno sale a la calle desprovisto de respuestas. No saber responder estas preguntas genera el abuso de los otros, de los que te compran. Felizmente, también, son cosas muy básicas y muy fáciles de ser aprendidas cuando uno tiene de dónde.

 

¿Es una virtud no saber nada de estas cosas? ¿Es una virtud no hablar de dinero cuando uno negocia un empleo? ¿Es una virtud no hacer cuentas? ¿Es educativo no enseñar a nuestros hijos acerca del costo de las cosas? Piénsalo. Los adultos somos los principales maestros de nuestros hijos. Pero también somos los responsables de la economía de la casa. No podemos mantener debilidades personales tan básicas. Es hora de hablar de dinero sin ninguna vergüenza.

 
Juan
Infante

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