Vivimos una etapa que podría generar un profundo cambio en el poder en el Perú. Pocas veces ha sido tan claro cómo se mueven los intereses de los que se van y de los que se sienten en riesgo de irse, de los que quieren entrar y de los que quieren quedarse.
Lo que se está viendo ya no son los hilos detrás del poder, sino las sogas que han estado haciendo nudos, para bien o para mal.
La relación estrecha con el poder da privilegios a las personas, a las empresas, a las iglesias, a las empresas de otros países. Todo eso lo estamos viendo ahora que liderazgos de dos distintas izquierdas han asumido uno la Presidencia de la República y el otro del Municipio de Lima.
Luego de cinco décadas vivimos un fenómeno de magnitudes en el cambio de poder. Por eso hay tanto nervio histérico y destemplado. Es normal que los nervios se alteren en circunstancias como esta, pero eleva la sensación de angustia de toda la colectividad.
En las últimas cuatro décadas y media hubo partidos políticos que se especializaron en los gobiernos locales y algunos de sus miembros son expertos en sacar provecho de las decisiones que se pueden tomar en los municipios y del acceso a información a la que se tiene de manera privilegiada.
Se han hecho muchas fortunas gracias a esas relaciones privilegiadas y se han dejado de hacer muchas cosas necesarias desde la administración de lo público para no perderla.
Un claro ejemplo de ello lo vemos en la demora en resolver el tema del transporte público. Castañeda, el alcalde anterior de Lima, se acobardó con el tema: no quería perder el poder que finalmente perdió al quedar quinto en las elecciones presidenciales.
Lo mismo ocurre a nivel de los gobiernos regionales, de los ministerios y demás instituciones del gobierno central. Las disputas en las regiones llegan hasta el asesinato.
También ocurren en los otros poderes del Estado. Hay empresarios especializados en hacer negocios gracias a que mantienen estrecho contacto con las autoridades judiciales y con el Congreso.
Existe pues un tramado de poder detrás de cada institución estatal que responde a intereses económicos de personas, empresas, Iglesias, e incluso otros países. Mercantilismo, relaciones públicas o diplomacia son los nombres finos aunque, claro, en muchos casos podríamos también endilgarle nombres como corrupción u otros vinculados al delito.
¿Se acuerdan de la agenda de varios de los ministros y del presidente los tres primeros años de este gobierno aprista? Era impresionante el número de reuniones con empresarios de todo el mundo y lo poco que se dedicaban a gestionar lo público.
Vivimos tiempos de agitación e impaciencia. Muchas empresas y muchas personas han perdido, están perdiendo, temen perder, aquello que les hacía hacer dinero de manera fácil: el estrecho vínculo con el poder.
Otras nuevas empresas y personas, e incluso países, quieren gozar de este cambio de poder. Ya lo estamos viendo.
Así son las cosas. Son pocas las autoridades que tienen claro que deben buscar el bien común.
Juan
Infante