Miércoles 19 de Junio del 2013

Columnistas | 13-08-2011 | Eloy Jauregui

Cuando un amigo se va

La foto me la envió tania Libertad. ahí están retratados Gabriel García Márquez, su esposa Mercedes, la propia tania y Facundo cabral. Es del año pasado. todos sonríen. Esa felicidad es una eternidad ahora. De cabral solo me queda hablar bien, no porque esté muerto. Porque está vivo, intensamente vivo. aquella vez, cuando en el lobby del hotel apareció con su figura alta y barbada, recordé que hacía cuatro años, mientras conversamos, quedó en espera un tema por el que venía: hablar de la ternura. Es decir, ahora regresaba a conversar con él sobre la literatura, la amistad, el amor, la música y la vida, así de simple.

 

Chiflado hasta no más, fecundo sin par, Facundo era un sujeto que vivía en el arte y solo para el arte –aquel fue su modus vivendi que luego explicaré--. Era raro este sujeto y los que lo conocíamos en sus aciertos y tribulaciones, teníamos razón cuando decíamos que su canción era un baño necesario para el espíritu y escucharlo solamente, aunque le faltaba aseverar que hablaba tanto, pero tanto, de la solidaridad que, aunque usted no lo crea, no aburría.

 

Cabral era lo menos marketero que conocí y el loco más auténtico que vi. cuando lo entrevisté para la televisión la vez anterior, lo sabía de a oídas y retratos. Yo apenas tenía un caset y un recorte de un reportaje en clarín. Esa vez, el director de Panorama me dijo: ¿Qué te parece una entrevista a cabral? no lo pensé dos veces, al toque ya estaba en el sheraton frente a él con cámaras, luces y micrófonos hablando de lo más bien de Borges y atahualpa Yupanqui y Evita y Boca Juniors, de los ángeles y de los demonios, de los dictadores y también de los demócratas, de Hitler y la Madre teresa de calcuta.

 

Y era raro en esos días encontrar un tipo así. Que tenga como único repertorio la inteligencia. Y mucho más raro saber que ese señor era un vicioso militante de la admiración por la admiración, aquella cualidad que profesan ciertos terrícolas de vivir agradecidos hasta solo por el hecho de respirar, y respirar junto a otros, a su familia, a sus amigos y a sus enemigos. Y ahí estaba él denunciando regímenes siniestros donde un método autoritario seguía siendo utilizado sistemáticamente para quebrantar a los individuos, para someterlos por completo a la arbitrariedad del poder. Para ello vivía Facundo, para devolverle el valor al canto como alimento, a la música como religión.

 

Y en ese propósito involucraba a la tradición literaria más pura, la que fundara cervantes o Whitman, la que robustecieron vallejo y Paz, la que le colocaron armonía atahualpa Yupanqui y Pablo Milanés. Entonces llegaba al Perú con esa cancamusa que hay que formar el ejército de liberación poética o inventar las brigadas musicales contra la depresión. Y no pudo ser más preciso esa vez que habló de cruzada para defender nuestro mercado de consumo y nuestra industria nacional, y nos inflamó para no dejarnos vencer por los pesimistas y los brujos de la bolsa. Esa noche, cuando se presentó en la Universidad de Lima, Facundo cabral con un concierto contra la distracción y la pereza, eso, se hizo eterno.

 
Eloy
Jauregui

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