Continúan la primarias presidenciales del Partido Republicano y se va enturbiando lo que parecía ser una nominación segura para Mitt Romney. Al final, seguro será Romney el elegido, pues es el mejor candidato para enfrentar a Barack Obama en noviembre. Sus rivales: Newt Gingrich y Rick Santorum son muy conservadores para el votante de centro, o medio. Si es tan clara esta ventaja en la elección general, ¿por qué sigue entrampada la candidatura de Romney?
Un libro de los noventa, ‘Politics by Other Means’ (La Política por Otros Medios) de Benjamin Ginsberg y Martin Shefter, ofrece, entre otras ideas interesantes y polémicas, una explicación para este entrampamiento. Para los autores, el problema tiene sus raíces en los años sesenta y setenta, cuando el Partido Demócrata se vio invadido por activistas. Los activistas fueron bien recibidos pues eran muy útiles para ganar elecciones parlamentarias y fortalecían la capacidad organizativa del partido a nivel local. Pero en el mediano plazo las agendas ideológicas de dichos actores apartaron al partido de los intereses de sus votantes. Asimismo, debilitaron su propia organización partidaria al depender cada vez más de dichos grupos para la logística electoral.
Este activismo tuvo efectos particularmente negativos en las primarias presidenciales, pues la presión interna de estos actores termina apartando al candidato elegido del elector medio. Un suicidio en un sistema bipartidista. Los Demócratas descubrieron este costo en los ochenta, al nominar candidatos presidenciales débiles.
Pues bien, hoy los Republicanos viven la misma situación. Desde los ochenta creció su propia base de activistas conservadores. Las ideas y agendas de líderes religiosos, agresivos conductores de radio, impresentables activistas antiinmigración y miembros del Tea Party tienen hoy un peso enorme en el partido. El libro no trata directamente el activismo conservador en las primarias republicanas, pero es fácil aplicar el argumento al caso actual. Tanto poder tienen hoy estos grupos, que incluso candidatos moderados (o más moderados) adoptan banderas conservadoras para ganar la nominación. Estas banderas, claro, les pasarán factura en la elección general.
Para dichos activistas conservadores, el diagnóstico es errado: EE.UU. quiere más religión y más moral, y el candidato que defienda estos valores subirá en las encuestas. El problema es que la realidad electoral los desmiente. La América conservadora es todavía muy poderosa, pero lo es cada vez menos en términos de votos. Los Republicanos deberían estar discutiendo seriamente cómo los cambios demográficos afectarán en el mediano plazo, qué nuevos discursos son atractivos para hijos de inmigrantes y cómo mantener en el partido a laicos de derecha molestos con el fanatismo religioso. Por el contrario, siguen discutiendo si un mormón como Romney representa o no a la América profunda.
Si bien en el Perú estamos lejos de una situación similar, pues carecemos de partidos institucionalizados, podemos hacer algunos paralelos con el liderazgo de viejos y nuevos partidos. El activismo e ideologización de los dirigentes de Izquierda Unida en los ochenta, por ejemplo, hizo que ese partido se preocupara más por debatir lo que El Pueblo (en abstracto) necesitaba y menos por entender lo que el electorado pedía. Del mismo modo, los Fujimoristas definieron su estrategia electoral del 2011 de la mano de líderes que parecían la célula local del Tea Party y no escucharon a sus líderes más moderados. Los activistas, sin duda, aportan ideas y entusiasmo, ambos necesarios para que un partido gane identidad. Pero un balance entre activismo y pragmatismo parece necesario si un partido pretende ser competitivo en la arena electoral.
Eduardo
Dargent