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Martes 22 de Mayo del 2012

Columnistas | 10-04-2011 | Eduardo Dargent

GRACIAS ALAN (I)

 

Esta semana he estado pensando mucho en usted. Cada encuesta, cada comentario destemplado, los tres muertos en Islay, me recordaban su triunfo del 2006. Una columna no me alcanza para decirle todo lo que quisiera. Hoy le explico por qué admiro a algunos líderes democráticos de América Latina; el próximo domingo, por qué usted está lejos de serlo.

 

Gobernar en Latinoamérica ha sido y es cosa difícil. Subdesarrollo, desigualdad, instituciones débiles, poderes fácticos, una derecha conservadora, una izquierda maximalista, entre otros problemas, son retos enormes para cualquier presidente.

 

A pesar de estos desafíos algunos líderes lograron darle amplia legitimidad no solo a sus gobiernos, sino a la democracia. Gobernaron pensando en el país y no en un grupo particular ni en sus intereses de corto plazo. Lo principal: con habilidad política construyeron puentes cuando sus sociedades estaban atravesadas por quiebres profundos. En lugar de azuzar contradicciones, reprimir a los opositores o calificar de idiotas a los que no pensaban como ellos, generaron consenso y dejaron países más cohesionados.

 

Los dos Lleras en Colombia fortalecieron el Estado y detuvieron la violencia partidaria. En Brasil, Cardoso balanceó crecimiento económico vigoroso con redistribución y liquidó electoralmente a una derecha troglodita. Luego Lula profundizó este balance entre oportunidades y democracia. En Chile, Patricio Aylwin dio razones sólidas a los socialistas para creer en la nueva democracia. Ricardo Lagos devolvió el gesto y armonizó justicia social y mercado.

 

Como ve, no se trata de izquierdas o derechas, sino de construir una comunidad política que acoja a todos. En una entrevista al Financial Times, el colombiano Juan Manuel Santos describió bien esta responsabilidad del estadista al explicar sus recientes leyes de distribución de la tierra y reformas tributarias y sociales: “Muchos de los planes que tengo podrían ser considerados contrarios a mi procedencia ‘elitista’. Y es por ello que algunas personas de ese sector dirán ahora ‘no es uno de nosotros’. Pero lo que no entienden es que tener una agenda social agresiva y progresista es por su propio bien, por el bien común, de los ricos y especialmente de los pobres”.

 

No sé si estos líderes actúan de esta manera por grandeza o por la ambición de ser recordados como buenos gobernantes. Sea cual sea la razón, es evidente que usted no es uno de ellos. La semana que viene se lo explico. Mientras tanto, disfrute su domingo, día en que certificamos su segundo fracaso como estadista.

 
Eduardo
Dargent

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