Esta semana debía terminar mi artículo sobre Alan García. He preferido posponerlo una semana para discutir algo más importante: el racismo en la elección. Tras los primeros resultados del domingo muchos peruanos acomodados y urbanos desfogaron su frustración lanzando comentarios nauseabundos. La mayoría de los que leí iban dirigidos contra Ollanta Humala y sus votantes rurales (serrano bestia, indios egoístas), pero también Keiko Fujimori (China de mierda) y Alejandro Toledo (cholo desagradecido) recibieron una buena andanada. Incluso alcanzó para el votante de PPK (blanquito baboso).
El aluvión racista remeció esa sociedad más plural y tolerante que algunos creían se iba consolidando en el país. El mundo de romance multi-clase de ‘Al Fondo Hay Sitio’, el cosmopolitismo de ‘Mistura’ y el optimismo mesocrático de los trabajos de Rolando Arellano pisaron tierra. Volvieron con furia viejas imágenes de ‘Paco Yunque’, ‘Redoble por Rancas’, ‘El Sueño del Pongo’ y ‘Alienación’. Sigo pensando que en este aspecto hay más cambio que continuidad en nuestra sociedad, pero será más difícil argumentarlo tras este domingo racista.
El racismo sirve a estas personas para explicar un mapa electoral que les cuesta aceptar. Quienes escribían los comentarios se proclamaban educados y modernos, traicionados por el egoísmo y complejo de los ignorantes. Copiando y amplificando el estilo de ciertos periodistas, la raza y ubicación geográfica explicarían el rechazo a su visión optimista del país. Son brutos, no entienden.
Claro, ni por un segundo consideran la posibilidad de que los pobres votan igual que ellos. ¿Qué diferencia al que pide más redistribución del que vota para que no le suban los impuestos? ¿Son diferentes los reformistas de quienes defienden un statu quo que los beneficia? Ambos están utilizando su voto para avanzar sus intereses. Obvio, cómo armonizar estas posiciones y lograr que a todos nos vaya mejor es complicado. Pero el insulto racista es la mejor forma de no enfrentar nuestras tensiones ni la necesidad de enfrentarlas políticamente.
Eduardo
Dargent