¿Cómo es posible que nuestro sistema electoral, calificado como uno de los mayores éxito de la transición, haga hoy este papelón mayúsculo. ¿Se imaginan una elección presidencial apretada con reportes de 0.315% cada ocho horas? ¿Qué pasó con la eficiencia del 2001 o el 2006? Pasó que hemos vuelto a la normalidad.
Dieter Nohlen, politólogo alemán, recomienda no entusiasmarse con las reformas que prometen los políticos tras la caída de los autoritarismos en América Latina. Ser perseguidos por una junta militar o un populista abusivo lleva a los políticos a fortalecer las instituciones para prevenir un nuevo colapso del sistema. Se comportan en esos momentos como estadistas, limitando sus intereses inmediatos para construir una democracia más sólida. Eligen para cargos de control a personas que no le deben nada a nadie. Hacen grandes promesas de reforma del sistema de justicia, la administración pública y los servicios sociales. Y refuerzan los órganos electorales para garantizar elecciones justas.
El problema es la memoria frágil de nuestros líderes. Cuando pasa el susto autoritario y los temas son de nuevo los de la quincena, olvidan la lección democrática. Negocian cuotas de poder, reducen los mecanismos de control y se abandonan las reformas. Y en el camino la democracia pierde legitimidad.
En varios países del Cono Sur, tal vez por la crueldad de sus dictaduras, el susto parece definitivo: la democracia se volvió cosa seria. Pero en el Perú el diagnóstico es preciso. A diez años del final del Fujimorismo (¿primer fujimorismo?) vemos que el entusiasmo reformista nos duró poco.
El compromiso de fortalecer las instituciones de control se agotó con el gobierno de transición. Nada se ha hecho para darle mayor autonomía a los medios de información del Estado. Las sucesivas elecciones de magistrados del Tribunal Constitucional han ido cayendo en calidad, con escándalo en el 2007 incluido. Del Poder Judicial y el Congreso, más allá de algún esfuerzo individual, hay poco que decir.
Lo paradójico es que el Perú tiene hoy recursos y razones de sobra para ser optimistas. Probablemente nunca nos haya ido mejor, lo cual hace más frustrante que se desperdicie esta oportunidad para legitimar al sistema político. Nuestra democracia boba, de instituciones débiles, sigue siendo vulnerable frente a aventureros autoritarios, diestros o zurdos, que aprovechen su desprestigio para destruirla. Y sabemos bien cuáles son las primeras cabezas que cortarán: la de quienes hoy siguen atrapados en la quincena.
Eduardo
Dargent