A finales de la década del 70 asistí, por primera vez, a un clásico. Mis primos me llevaron a la tribuna oriente en el Estadio de Matute. Todos ellos eran hinchas de la U, solo yo era hincha de Alianza Lima. Era el mejor Alianza Lima de todos mis tiempos contra la U de Fernando Cuéllar. En los últimos minutos del partido, Sotil, tras detener la pelota con la mano –hecho que el árbitro no advirtió-, sacó un centro perfecto que terminó en gol con un perfecto golpe de cabeza de Teófilo Cubillas. Con ese triunfo Alianza Lima fue campeón. Los hinchas de la U, apenas terminó el partido, quemaron las bancas de madera del Alejandro Villanueva. En represalia, los hinchas de Alianza Lima quemaron un montón de bancas del Estadio Lolo Fernández en un partido en el que Alianza Lima no participaba. Desde esa época nunca me perdí un clásico, pero no volví a la tribuna oriente. En sur siempre hubo jaloneo, pequeñas grescas, agresiones, pero casi siempre regulados por un control policial adecuado. Hoy en día, una parte de la Trinchera Norte es muy distinta a la antigua y clasemediera barra de la U de oriente. Y el actual Comando Sur es más organizado y temido que antes. En la década de los 70 no existían ataques de los barristas de la U a la Alianza Cristiana y Misionera a la que hoy lanzan piedras a los gritos de ¡Iglesia cagona! La agresividad que se ha ido gestando fuera de los estadios ha ido avanzando hacia dentro de los mismos y el caso más grave es el del Monumental, que nunca ha tenido un control efectivo y merece una sanción significativa.
Como sociedad debemos dar una respuesta que no puede ser matar el fútbol. Tenemos que trabajar con las barras bravas (bandas juveniles) sobre la base de las mejores experiencias. Esos chicos tienen que regresar a la secundaria y hay que replicar las prácticas que han funcionado para recuperarlos. En Inglaterra la política antihooligans incluía propuestas para: I) impedir de por vida la entrada al estadio de los agresores (lo que implica capacidad de establecer controles en los ingresos), ii) sanciones drásticas para los agresores, iii) cámaras y pantallas; iv) impedir el ingreso de alcohol y bengalas; y iv) trabajo con las bandas delincuenciales juveniles que se disfrazan de barristas. En Perú se podría prohibir la participación de hinchas visitantes –en línea con lo que ha declarado Daniel Peredo- hasta que los estadios tengan un estándar de control que no sea tan exigente como un aeropuerto, pero al que menos equivalga al de un terminal de buses formal. El punto es que la coordinación de las instituciones relevantes requiere un punto focal que articule a la Policía, a los prefectos, a Defensa Civil, a los clubes, etc. Se debe avanzar hacia un estándar de control y sancionar drásticamente la violencia. Lo ocurrido en el último clásico es muy triste, pero no vino de las barras organizadas, sino de hinchas con dinero suficiente para comprar su impunidad. Esperemos que la institucionalidad de la Justicia esté a la altura de las circunstancias.
Gustavo
Guerra-García