“La preocupación del Presidente no es estar saliendo a la prensa a cada rato sino ponerse a trabajar”, dijo Ollanta Humala, ayer en Arequipa, justificando quince días de silencio público desde el 28 de julio hasta el viernes pasado, en Pisco. Muchos aplauden, por contraste con los antecesores, y aprecian la mudez como característica del buen gestor: “calla y hace”, “no es figuretti”, “no le gusta el floro sino la acción”. Puede ser que esta conducta resulte hasta simpática en la apreciación popular. Si no se tiene nada que decir, si no se sabe qué decir, si no se entiende lo que se tiene que explicar; qué duda cabe, el mejor consejo es callar. El problema está en que en nuestro país un gobierno representado por un Presidente que no tiene nada que decir, que no saber qué decir y, peor aún, que no se entiende ni a sí mismo, estará, tarde o temprano, en graves problemas.
En primer lugar, porque “trabajar o comunicar” es una falsa disyuntiva. Primero, porque un Presidente toma decisiones y las comunica. Ese es su trabajo. Es el de otros, ejecutarlas. No existe pues una incompatibilidad entre la posibilidad de hacer un trabajo político y de explicarlo a los interesados. El Presidente no tiene que salir de una zanja, dejar el tractor o la lampa, o dejar el escritorio para informarle al país qué está haciendo con nuestro dinero y con el poder que le hemos dado.
En segundo lugar, porque el poder no admite vacío. Este no es un problema de abstinencia de titulares para la prensa. Ingenio y maña para lograr la atención del lector, sobra en el país. Si no hay notas del Presidente, se llenarán con otra cosa. ¿Qué otra cosa? Bueno, por ejemplo, los locuaces y delirantes parientes del Presidente; o los entusiastas Ministros que le lavan la cara al hermano preso del Presidente; o los políticos poco afectos a la prensa. Poca cosa que valga la pena, la verdad. Pero mañana puede ser una oposición un poco mas articulada y organizada disparando con efectividad contra un régimen mudo, por voluntad o por decreto (ese el caso de los Ministros conminados a callar), que tenga serios problemas de gestión de servicios esenciales, como la seguridad o conflictos sociales que van explotando sin solución. De otro lado, no se puede agitar un fantasma del tamaño de la Constitución de 1979 y luego negarse a dar una sola explicación. Hasta hoy, lo único que va a lograr es un país en zozobra. El vació se llena y puede no ser por caminos democráticos.
En tercer lugar, porque el silencio en política es siempre oscuro. Fujimori fue parco y se le apreció por ello durante su gobierno. Pero cuando cayó, su silencio frente a la corrupción y el crimen lo hizo cómplice. El silencio revela falta de transparencia, ocultamiento y, finalmente, soberbia. En algún momento de sus mandatos, la tentación totalitaria ronda a los Presidentes peruanos y por un tiempo pueden llegar a creer secretamente que han sido elegidos por voluntad divina y no por voluntad popular. ¿Para qué dar explicaciones? El resultado puede ser temporalmente satisfactorio, pero, a la larga, la gente se harta de que no le digan cuándo, cuánto, cómo y por dónde. Si no, que le pregunten al más famoso mudo de la política peruana, el ex Alcalde Castañeda, por qué saco el porcentaje de votación que sacó en la primera vuelta si la mudez paga tan bien.
En cuarto lugar, porque el silencio rápidamente puede identificarse con incompetencia, falta de manejo político, ausencia de ideas e improvisación. Que lo diga Susana Villarán. Sacó toda la publicidad que promovía las obras de la Municipalidad como “obras de Castañeda” y la sustituyó, correctamente, por publicidad institucional. Al mismo tiempo, fue prudente y parca en el anuncio. ¿Resultado? “Susana Villarán no hace nada”. Remontar esa situación le costará mucho.
Finalmente, nos guste o no, nuestro régimen político es, en su práctica, presidencialista. Necesita de una voz fuerte que nos hable, para bien o para mal, sin esconderse luego. La palabra de un Presidente tiene valor en la medida en que ésta se exprese. Ya va siendo hora de que el mismo Ollanta Humala entienda cuál es la naturaleza del cargo para el que ha sido elegido.
Rosa Maria
Palacios