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Martes 22 de Mayo del 2012

Columnistas | 11-10-2010 | Rosa Maria Palacios

UN SÃBADO EN NUEVA YORK

 

   La tarde del último sábado es perfecta en Nueva York.  Un cielo completamente despejado y un sol que no sofoca revelan en todo su esplendor a su Parque Central, abarrotado de gentes de mil idiomas que disfrutan la brisa del otoño, antes que el verde se convierta en naranja y luego, en blanco. El ánimo de fiesta está en el aire, como lo está en la casa de Mario Vargas Llosa, a pocas cuadras de ahí.

 

   El departamento del profesor visitante de Princeton, pensado en dar espacio pequeño pero funcional a sus temporales ocupantes, está invadido. Familia, amigos y periodistas viajeros, como yo, acomodan sus petacas como pueden en medio de flores, libros, encargos y recuerdos que llegan de todos lados. Parece Navidad. La alegría de todos los que ocupan esta habitación alcanzaría para repartirse en los 46 pisos que están bajo nosotros. Vargas Llosa, feliz, pero avasallado por la atención que recibe, contesta mis preguntas con paciencia y una gran sonrisa. Tiene más de 48 horas haciéndolo, no para, y parece que no parará.

 

   Premio Nobel de Literatura 2010.  Es, por razones misteriosas, un premio inmenso. Sin embargo, el escritor insiste en que el talento no es la causa de las tantas cosas buenas que ha recibido en la vida, sino el esfuerzo, la disciplina, la tenacidad. Como Flaubert, su gran inspiración, que escribía en sus inicios muy mal, pero que a costa de una obstinada dedicación se convirtió en un extraordinario escritor. “Toda persona puede hacerlo, no hay un don genético”, me dice. Y yo no le creo.  “La ciudad y los perros” la escribió cuando tenía 23 años. Pero él lo cree y eso es lo que importa.

   

   Le pregunto si el placer de escribir (me ha dicho que esa ha sido siempre su mejor recompensa) le produce tanta satisfacción como la teorización del proceso mismo como muestra en muchos de sus ensayos. Me  cuenta que al iniciar una novela, ésta puede estar perfectamente planeada sobre la base de decisiones racionales, pero que está toma, en algún momento, su propio rumbo y se llena de personajes, caminos y desenlaces imprevistos por el autor. Es algo que lo deslumbra y que, aún ahora, pese a todos estos años de estudio, no logra dilucidar. El misterio lo fascina tanto como la propia creación.

 

   “Todavía no he escrito una novela total aunque he aspirado a hacerlo” me aclara. Sentí que todos los espectadores de esta conversación sonrieron. Yo también. Pienso en la ambición de “Conversación en La Catedral” o de “La Guerra del Fin del Mundo”.  Pero mientras él crea que no la ha escrito aún, tenemos escritor para mucho tiempo.  Para suerte nuestra.

 
Rosa Maria
Palacios

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