Como miniserie de verano, el público ha seguido, con sorpresa y deleite, el pleito aprista por la conformación de la lista parlamentaria en Lima. Para ser más precisos, el pedido a Jorge Del Castillo de deponer sus intereses políticos en aras de salvar al partido de un eminente naufragio, así como la negativa de éste a renunciar a su primer puesto.
La novela empezó con un sacrificio humano. El Apra renunció a tener candidato propio y llamó a una ex ministra que era bien valorada en las encuestas que se contrataron para ese fin. La sacrificada, claro, era la invitada, porque como todos sabemos la candidatura presidencial no permite ir al Congreso, y como todos los apristas saben, no encontraron uno en casa que quisiera tener el honor de hacer de bonzo y perder las mieles del sueldo por cinco años y la salvadora inmunidad parlamentaria.
Pues bien, la señora invitada, que muchos defectos puede tener, pero no es deshonesta ni tampoco tonta, pidió una sola cosita el pasado 1 de diciembre. Me consta, porque yo se lo pregunté. No quiero, me dijo, personas con problemas éticos en la lista parlamentaria. Sabe, como bien sabe toda la dirigencia aprista, que la corrupción es, en muchas encuestas, el primer problema nacional que el ciudadano identifica. Eso tiene un costo muy alto en votos para el partido de gobierno. Sin embargo, su pedido parecía uno de esos fervorosos saludos a la bandera que no sirven sino para impresionar, lo que dura una chispita Mariposa, a la tribuna.
Pues no, la señora habló bajito pero clarito. Le ofrecieron, cómo no, que Jorge Del Castillo no iría de número 1, pero que tampoco le dé de hachazos porque podría ir en el número 5. Ella se la creyó y aceptó. Por supuesto, la engañaron. Y cuando la lista única estaba inscrita para su aprobación este domingo, ardió Troya. Ni 1, ni 5, ni 25.
“O él o yo”. “Tú, Mechita”, le dijeron los compañeros que no guardan precisamente una gran fraternidad por su Secretario General, pero tampoco es que sean flor de valientes para enfrentarlo. Le tienen terror (por algo será) y están encantados de tener a alguien que les haga el segundo trabajo sucio (el primero fue postular). Así, dicen apoyarla pero le dan esperanzas a su adversario, convirtiendo un problema ético y político en uno jurídico y de mero procedimiento fiscal. Ello dista de la realidad. Del Castillo tiene razón cuando dice que hay un veto contra él, pero el asunto no se resuelve con una resolución de fiscalía. Lo que está en discusión es la conducta ética de un ex Primer Ministro, a los ojos de la candidata presidencial. Y en esa evaluación está desaprobado.
¿Quién ganará el próximo 19 de enero, fecha fijada para el último capítulo de esta novelita? Conociendo sus antecedentes, mis preguntados le van casi unánimemente a Del Castillo. Pobre Mechita. La que se le viene. Y yo sé muy bien por qué lo digo. Pero como decían las viejas: “quien con niños se acuesta, mojado amanece”. ¿Qué esperaba?
(*) "Esta columna se escribió antes de la renuncia de Mercedes Aráoz"
Rosa Maria
Palacios