Los requisitos parecen ser muy sencillos. Más de 25 años y estar habilitado en su derecho ciudadano es lo que se exige a cualquier peruano para postular al Parlamento. Nada más.
Bueno, en realidad, algo más. Lograr un sitio en una lista no es tarea muy simple. Primero, el partido político nacional debe haber completado las fases de su inscripción o tenerla vigente. Segundo, se debe pasar por un proceso electoral interno (real o figurado, valgan verdades) o ser designado por la dirigencia del partido como invitado. Esta primera valla deja muertos y heridos en el camino y no es el valor personal o profesional, o los valores democráticos, lo que prima. El dinero, la figuración pública previa (vedettes, voleibolistas, artistas, periodistas) o la prepotencia del ‘dueño’ del partido parecen ser los mecanismos más comunes. Esas consideraciones subalternas presentan un menú de terror al elector.
Ser honesto es condición necesaria e indispensable, pero no suficiente para acceder a un cargo de votación popular. Estoy segura de que usted conoce a muchas personas intachables en su vida cotidiana, que no podrían dedicarse al trabajo parlamentario. Si usted contrata a un trabajador, presume que es honrado y evalúa sus capacidades para realizar el trabajo. Si no tiene tales capacidades ¿lo contrataría solo porque es una persona decente? No lo creo. Por ello, descalificar a personas honorables para el trabajo de congresista no es un insulto a sus cualidades morales, que se entienda bien, sino una constatación de que el trabajo parlamentario es cada día más especializado y debería reclutar a los mejores candidatos posibles.
Durante las entrevistas que realizo, constato cada vez más, con mayor preocupación, que los candidatos al Congreso no conocen ni siquiera cuales son las funciones del mismo. Ofrecen desde obras públicas, cuando no tienen iniciativa de gasto y están prohibidos de hacerlas, hasta “trabajar” en determinadas circunscripciones geográficas o para determinados intereses específicos, cuando su trabajo está, básicamente, en Lima y no deberían tener interés particular alguno. Peor aún, muchos dicen que “aprenderán en el camino” lo cual muestra buena voluntad, pero deja en claro que su educación como congresista la tendremos que pagar todos los peruanos. ¿Por qué no se educan antes de postular?
Un buen congresista debe ser, en primer término, un buen político y un buen negociador. Debe conocer técnicas legislativas, reglas de procedimiento y tener conocimientos fundamentales del orden jurídico que sus acciones alterarán en el transcurso de los años. Debe conocer la organización del Estado como si fuera la de su casa, porque sobre ella fiscalizará desde la contratación pública hasta los esquemas de corrupción que siempre se reinventan. Estas dos tareas son fundamentales. No se trata solo de “representar” (¿sin mandato imperativo?) ni de buscar la inmunidad parlamentaria para protegerse de su pasado, sino de hacer el trabajo que la Constitución exige. Nada más y nada menos.
¿Está listo su candidato para esos retos?
Rosa Maria
Palacios