Había una vez un hombre que vivía, solitario, frente a un río. Comenzó a llover muy fuerte y la televisión avisó que había una alerta de inundación. El hombre pensó: “nada me pasará, Dios me va a proteger”. Continuó lloviendo y, con los avisos de evacuación ya en la radio, un policía se acercó a la puerta y le rogó que abandonara el lugar. “Nada me pasará, Dios me protege”, dijo el hombre cerrando su puerta. Llovió y llovió, y el río se desbordó. El hombre subió al techo de la casa y se acercó un helicóptero. Él se negó a abandonar su casa y el helicóptero se alejó. Finalmente, el río se llevó la casa y el hombre se ahogó. Muy molesto llegó al cielo y le dijo a Dios: ¿Por qué no me protegiste, acaso no tuve fe en ti? Y Dios, con paciencia infinita, le dijo: “Te mandé un aviso por televisión, otro por radio, un policía a la puerta de tu casa y un helicóptero a tu rescate. No conozco hombre más necio”.
En 1960, el terremoto y posterior tsunami de Valdivia, Chile, de 9.5 grados, causó no solo la muerte de más de 2000 personas en Chile, sino que mató a 80 personas en Hawai y 185 personas en el Japón. A raíz de esta desgracia se estableció un sistema de alerta de tsunamis en el Pacífico. No es posible predecir un terremoto, pero sí sus consecuencias en el océano, a través de un sistema de boyas con sensores que remiten información a Hawai. Desde ahí se avisa a todas las autoridades del Pacífico para que éstas tomen medidas de urgencia. No es, pues, un trabajo improvisado o basado en la mera intuición. Se trata de una respuesta científica, resultado de una dolorosa experiencia. (Ver www.noaa.gov)
Fue doloroso también saber que en Camaná, en el año 2001, murieron aquellos que, por ignorancia, no ganaron altura luego del terremoto. El mar se los llevó y no hubo tiempo de alerta alguna. Hubiera bastado con que supieran que no tenían más de 10 minutos para ponerse a salvo, trepando hasta 10 metros de altura al menos. Si uno siente el terremoto y está frente al mar, ésta debe ser norma de vida. El Perú tiene 3,000 kms de costa y siempre he vivido en ella. No recuerdo que, en mis años escolares o universitarios, me hayan enseñado esa simple norma de sobrevivencia.
Han criticado a los medios de comunicación por “asustar por gusto” a la gente. Incluso, las personas que fueron a ver un espectáculo a los malecones estaban desilusionadas porque no les garantizaban “en qué momento llegaba la ola”. Otros exigían que la televisión cubriera en vivo cada caleta y puerto de toda la línea costera, como si iluminar el mar fuera así de sencillo o como si tuviéramos la tecnológica para hacerlo. “Esto del tsunami es un mamarracho”, me dijo alguien esa noche, “un invento de la prensa para hacer rating”.
No queremos ver lo evidente, como el hombre del río. Recuerden que, al final, se ahogó. Y eso que tuvo todas las oportunidades de salvarse.
Rosa Maria
Palacios