Columnistas | 02-05-2011 | Rosa Maria Palacios
“Estoy segura de que Keiko no es su padre, no hará un gobierno como el suyo y estará muy controlada; es la única que garantiza estabilidad económica”. “Estoy seguro de que Ollanta ya no es Chavista, solo quiere hacer algunos cambios para mejorar los servicios a los más pobres ¿Quién se puede oponer a eso? Es el único que garantiza que el país no explote por demandas sociales. No podrá reformar nada sustancial porque lo parará el Congreso”.
He escuchado ambas frases llenas de esperanza en votantes que sin haber votado por ninguno de los dos candidatos ganadores en la primera vuelta quieren tranquilizar su conciencia de los enormes reparos morales que escoger entre estos dos ha traído a nuestro país. Parte de su esperanza es que “están seguros de”, pero yo no estoy segura, ni puedo asegurarle a nadie, nada.
El problema está en que tenemos que escoger entre dos candidatos que, pese a su juventud, acumulan enormes pasivos para muchos casi equivalentes. ¿Afecto por la democracia? Aunque hoy lo nieguen, una avaló el golpe de su padre y, el otro, el intento de golpe de su hermano. ¿Respeto por el Congreso? Ambos también lo niegan, pero uno admiraba a Chavez y compañía (todos han cerrado sus congresos) hasta hace muy poco, y la otra no se hace problema con el CCD de 1993. ¿Derechos Humanos? Bueno, Madre Mía no le costó una condena a Humala porque los testigos se retractaron pero nunca sabremos la verdad de lo que pasó ahí porque el candidato no recuerda nada. Y en cuanto a ella, en estos últimos cinco años, baste con recordar la campaña feroz del fujimorismo contra cualquier iniciativa en su defensa, denigrando no solo monumentos, sino honras e instituciones. Y ese no fue su padre, que ya estaba preso justamente por violarlos, fue la organización que ella ya representaba.
En el plano personal, ¿de qué viven? ¿En dónde han trabajado? ¿Qué experiencia profesional tienen? No encontraremos aquí mayores logros. Ambas carreras, se sospecha en un caso, se sabe en otro, han sido pagadas por los contribuyentes y luego de concluidas, nada que pueda ser mencionado como trabajo remunerado fuera del Estado.
Con tan poco en su haber, veamos ¿de qué hogares vienen? De hogares donde las soluciones autoritarias han sido las únicas admisibles. Uno tenía que ser para militar para ser Presidente, y la otra tenía que ser Presidenta para salvar a su padre. Obedientes hijos los dos, eso sí.
La única cosa que los diferencia son sus planes económicos, en parte. Ambos confían en el asistencialismo masivo y el clientelismo que éste genera, ingrediente común a todo proyecto autoritario. Pero uno confía en el socialismo nacionalista traducido en el disparate de la “economía nacional de mercado”, que de ser aplicada causaría la ruina del Estado y de millones de pobres y, la otra, prefiere dejar tranquilo al empresariado que siempre le ha sido afín. Esa es la única razón por la que se les diferencia y, para muchos, la única por la que hay que escoger. No comparto esa opinión pero tiene hartos seguidores.
Regresando a los padres, ¿No es sintomático que en la estrategia publicitaria de ambos sus apellidos desaparezcan? Que nos lo explique un experto, pero “desaparecer” al padre algo tiene que significar para los votantes.
Rosa Maria
Palacios