Tolerancia: 1. Acción y efecto de tolerar. 2 Respeto o consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras. Tolerar: Sufrir, llevar con paciencia.
¿Tolerar es sufrir? Lo leo en el diccionario de la RAE y me sorprendo de inicio. ¿Será porque es visible el sufrimiento que causa la intolerancia, pero es menos visible el que padece aquel que tolera?
Es difícil resistir la tentación de decirle a los demás cómo deben pensar, actuar y, por supuesto, votar. Y mucho más difícil es aceptar que a los demás nuestra opinión importe poco o nada. O que ésta sea inaceptable, sea por las razones más nobles o las más deleznables. A los peruanos nos gusta mandar e imponer, tradición autoritaria tal vez, y nos da una pereza gigantesca persuadir o convencer. Nos gusta ser aceptados, no solo como personas, sino obedecidos por los demás sin más mérito que nuestra palabra.
La democracia es, necesariamente, un ejercicio de tolerancia. El gobierno de la mayoría con las garantías para la minoría implica que existirá siempre un grupo que tendrá que tolerar al otro. Es decir, sufrirlo. En este sentido, se entiende por qué es difícil encontrar tolerancia. No se encuentran muchos voluntarios para el sufrimiento en estos días.
Por cierto, la democracia no implica tolerarlo todo. Las reglas que ésta impone a la mayoría y a toda la sociedad en general, obligan al cumplimiento de obligaciones. No se puede ser tolerante con el delito o con la inmoralidad pública. Permanecer impasible en estos casos no es un acto democrático, es simplemente suicida para una sociedad. Pero mientras esos límites no se excedan todos tenemos la obligación de tolerar, es decir, de sufrir al otro. No queda otro camino para la convivencia pacífica.
¿No le gusta la candidatura de Fujimori? ¿No le gusta la candidatura de Humala? ¿No le gustan, como a mí y por diferentes fundamentos, ninguna de las dos? Pues está en todo su derecho a exigir que los demás toleren su opinión. Pero esta es una obligación recíproca, usted debe sufrir la de los demás también.
Por ello, golpear o amenazar a un periodista es inmoral. Botarlo de su empleo, por razones políticas, también. Obligar a un grupo de trabajadores a escuchar las arengas políticas de sus empleadores, cuando no sus amenazas, por cierto lo es. Insultar, descalificar personalmente, utilizar a menores de edad para intimidar (“tú no piensas en tus hijos” es la frase más absurdamente repetida en el NSE A para justificar el voto por Fujimori), es intolerancia política por donde se le mire. Y ella es la madre de la violencia verbal, física y de Estado que, supuestamente, condenan los intolerantes de hoy.
El periodismo tiene la obligación de informar con la verdad a los electores y, éstos, el derecho de formar sus juicios. Un periodista puede tomar partido por una idea, o por una persona, siempre que sea transparente al hacerlo y no confunda opinión con información. Lo que no puede es ser el azuzador del odio y del salvajismo político. Por el contrario, donde lo vea debe denunciarlo y combatirlo, porque si no lo hace, tarde o temprano todos seremos sus víctimas.
Tolerancia es sufrimiento. Intolerancia, también. ¿No es curioso que palabras antónimas tengan la misma consecuencia?
Rosa Maria
Palacios