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Martes 22 de Mayo del 2012

Columnistas | 25-07-2011 | Rosa Maria Palacios

Periodistas Condenados, Sociedades Condenadas

“Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada”.

 

Con este poderoso párrafo de la filósofa y novelista Ayn Rand, presentó el diario El Universal de Ecuador su ya famosa portada en blanco, esta semana. Rafael Correa había conseguido que el Juez Paredes condenara por difamación a los hermanos Pérez, propietarios y directivos del diario y al ex Jefe de Opinión, Emilio Palacio. Tres años de cárcel para los acusados y 40 millones de dólares de reparación civil en beneficio del Gobernante. En la práctica, es la clausura del medio, que no tendría como pagar tan desproporcionada cifra. Por ahora, el diario ha apelado a una justicia intervenida por el propio Correa.

 

¿Cometió El Universal el delito que se le imputa? He leído en estos días la columna de Emilio Palacio, publicada en marzo. No hay en ella nada que no sea una opinión editorial. Se cuestiona en ella, como presumo lo hacen miles de ecuatorianos aún libres de pensar, las responsabilidades de Correa en un supuesto golpe de Estado, en setiembre del 2011, cuyas verdaderas motivaciones están aún en duda. ¿Eso es difamatorio? ¿No comprarse la versión oficial única merece prisión y pago millonario? El diario ofreció a Correa, la semana pasada, el espacio necesario para que conteste lo que crea conveniente. Correa se negó. El Jefe de Opinión, autor de la columna, renunció para no generarle un perjuicio económico inafrontable a sus empleadores. Tampoco importó al mandatario, que le ha declarado la guerra al derecho fundamental de discrepar, fiscalizar y opinar libremente.

 

Correa se enojó porque lo llamaron dictador. ¿Cómo se puede calificar a un gobernante que modifica la Constitución para perpetuarse en el poder? ¿Cómo se llama al mandatario que interviene otros poderes del Estado para concentrar el poder y que no respeta derechos universales básicos en una democracia? Ha dicho Correa ayer, que él puede botar de Ecuador al Presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa por “malcriado”. ¿Es esa la conducta de un demócrata o de un dictador? Lo único que ha logrado Correa con el desplante es su desprestigio internacional y la confirmación de que, cómo buen autócrata, su voluntad es la única ley.

 

Tal vez Ecuador esté muy lejos del Perú para mis lectores. También lo estaba Venezuela cuando Chávez cerró RCTV “por vencimiento de contrato” (paradójicamente la misma modalidad se aplica por estos lares, pero no del Estado al propietario, sino de éste al periodista; pero, en fin, son cosas que pasan) y hostilizó y hostiliza a la prensa independiente, sin darle tregua. El problema es que la tentación totalitaria es una moda que tiende a extenderse por toda Latinoamérica, multiplicándose las agresiones a la Prensa en todas partes. Alan García tampoco ha sido ajeno a la tentación. Ahí están los casos que reseñaremos al final de su gobierno. Y a pesar de las buenas intenciones rectificatorias expresadas por Ollanta Humala, no es poca cosa la señalada en la famosa página 57 de su renegado plan de gobierno.

 

Me cuentan amigos ecuatorianos que el miedo allí es irrespirable. La vanidad del gobernante es tal, que cualquier manifestación pública, aún de humor político, contra el Gobierno es implacablemente perseguida. Ahí nada es broma. Correa te manda a la cárcel por osar gritarle en un desfile. Aquí les puede caer una patada o una cachetada, o una denuncia absurda del JNE, es cierto, pero allá, vas preso. Por supuesto, también utiliza el viejísimo recurso de enviar a la administración tributaria a perseguir a sus enemigos políticos. Así, la corrupción no tiene vías para ser denunciad, con una prensa jaqueada ante una posible sanción y un pueblo silenciado de las formas más arbitrarias.

 

Todos los regímenes políticos que siguen esta receta caen, tarde o temprano, en medio del más profundo repudio del pueblo. Cuando un autócrata va tras la prensa, la última línea de defensa popular, no pasan muchos años sin que el pueblo se harte. Ahí está la historia peruana para demostrarlo. Lo hemos visto con Velasco Alvarado y, más recientemente, con Fujimori. Un hombre puede sufrir una condena injusta y ser silenciado por el poder. Sin embargo, cuando toda la sociedad sufre una condena injusta, el ruido emerge indetenible. En todo abuso está el germen del grito de rebeldía contra el totalitarismo. Lo hemos visto en toda América Latina y, estoy segura, lo volveremos a ver en Ecuador, en Venezuela, en Cuba y en Bolivia.

 

La frase de Ayn Rand nos impacta porque nada de lo que dice nos es ajeno. ¿Cuán lejos estamos hoy en el Perú de ser una sociedad libre o una sociedad condenada? Empieza un nuevo gobierno y eso dependerá de todos nosotros y de una prensa atenta al abuso del poder.

 
Rosa Maria
Palacios

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