Me pregunto y me seguiré preguntando qué es lo que ponen en juego los hinchas peruanos de equipos peruanos de fútbol peruano, como buena parte de mis queridos amigos y compatriotas, cada vez que hay un partido. El fatídico sábado último, día en que se jugó un clásico intrascendente como siempre y triste como nunca, observaba en la oficina cómo mis compañeros de trabajo ingresaban, como por arte de magia, a una estado de ansiedad, para mí incomprensible, por el solo hecho de ver jugar a la U contra Alianza, dos equipos más que mediocres, histórica y estadísticamente, pésimos a nivel internacional. Un duelo deportivo cuyo resultado es capaz de influir, para bien o para mal, dependiendo del arbitrario bando en el que se esté, en el ánimo de muchos por el resto del día o la semana o, incluso, en la autoestima, hasta el próximo enfrentamiento. ¿Cuál es el misterioso “sentimiento” que une a los hinchas peruanos con los fracasados equipos peruanos de sus amores? ¿Qué obtiene, a cambio, un hincha peruano por alentar a un equipo peruano que nunca gana en las competencias de verdad y más bien cosecha resultados humillantes? Esa es, precisamente, la magia del fútbol, dirán algunos, en respetable opinión inmediata. Cuando después, todavía con la oficina inquieta por la justa reciente, nos enteramos de la terrible muerte del hincha aliancista Walter Oyarce, me sentí aún más marginal frente al gratuito fanatismo, más de rebaño que de tribu, que generan estos dos equipos peruanos que, durante toda su existencia, no han logrado otra cosa que no sea la fútil “gloria” de haber triunfado, un día uno, un día otro, el uno sobre el otro y viceversa. Nada más que eso. No puedo, nunca pude, identificarme con esas dos precarias parcelas a las que nuestra sociedad nos propone pertenecer, prácticamente desde que nacimos, sin mediar explicación razonable de por medio. No encuentro nada que me una a esos equipos, pues nada me atrae de ellos, no les encuentro nada de interesantes. No me identifico con ellos y ellos tampoco han hecho nada para que me interesen hasta el punto de que formen parte de mi identidad, como suele suceder en el caso de sus golpeados hinchas. Me resulta, además, imposible admirarlos, sentirme orgulloso de ese par de instituciones que, salvo por los méritos personales en la cancha de uno que otro de sus integrantes en el pasado ya lejano, no califican para representar dignamente a nadie, pues la única identidad que tienen en común, son la recurrente derrota internacional y la eterna corrupción de sus dirigencias. Ni siquiera cumplen con el requisito elemental que sí cumplen los equipos de los países vecinos para justificar su hinchada: Ganar, ganar copas. El asunto no puede ser tan simple como ser de la U o del Alianza, ser merengue o ser grone, para convertirse en un enemigo, en un potencial asesino o en un potencial asesinado. En el Perú de hoy, lo es. Así de simple.
Rene
Gastelumendi