Ana Marzolo, recuerde ese nombre porque, aunque a ella no le guste lo que voy a decir, es el nombre de una heroína, más bien una santa, en términos religiosos, o un ser excepcional, en términos más mundanos. Hace casi cuarenta años que dejó su Detroit natal para venir a trabajar, como misionera en las cárceles del Perú, recalando desde entonces en la más temida y sobrepoblada de todas ellas: Lurigancho, un presidio en donde las papas siempre queman. En ese lapso ha sido secuestrada hasta dos veces durante sangrientos motines en los que incluso perdieron la vida algunas de sus compañeras de labores en ese oasis de esperanza en la que se ha convertido la capellanía del penal. Acaso la respuesta que me dio cuando le hice la obvia pregunta de por qué, a pesar de los riesgos inminentes que corre su integridad, sigue trabajando allí, puede resumir las dimensiones espirituales del ser humano que tuve al frente durante la elaboración de un reportaje televisivo que, dados los crueles tiempos que rigen la programación de la caja boba, resultó mezquino para transmitir una obra tan loable como desconocida. -En cuarenta años han sido solo dos veces, es muy poco, no está tan mal-, me respondió la hermana Ana, suelta de huesos. Dos veces en las que ha sentido el frío metal de un arma de fuego sobre la nuca o la filuda punta de una chaveta sobre el estómago.
Se trata de un verdadero ángel que camina por las cenagosas partes de este mundo, procurándole una esperanza de redención a lo peor de nuestra sociedad, a aquellos a los que muchos quisieran condenar a la pena de muerte, cuando no desaparecerlos con sus propias manos, como solución inmediata y facilista frente al fenómeno de la criminalidad. Observar un cambio de conducta, de actitud frente a la vida, aún en esas circunstancias, es su mayor recompensa, pues ni siquiera les pide a cambio que crean en Dios.
Luego de escuchar durante años, con paciencia, casi poniendo la otra mejilla, las alarmantes historias que hay detrás de las personas que cometen terribles crímenes, hasta el punto de haber aprendido su propio lenguaje ‘canero’, Ana concluye que, con infancias tan traumáticas como las que han vivido sus sentenciados autores, en la mayoría de los casos, ella también hubiera sido delincuente, que cualquiera de nosotros que tenemos la suerte de no estar tras las rejas, habría sido, casi de forma inexorable, un maldito delincuente. Entendió que aquellos que agreden a nuestra sociedad, son también, a su vez, víctimas de la misma a las que alguien tiene que ayudar.
Desde que empezó a transformar un pedazo de tierra, tierra de nadie, plagada de drogadictos expulsados de los pabellones del presidio que en los peores momentos llegaron a alimentarse hasta con carne de perro, su objetivo siempre fue ofrecer una oportunidad de redención. Un arrepentimiento real que ella llama sanación, y que pasa por un profundo viaje hacia los remotos parajes del alma en donde habitan los recuerdos infantiles más íntimos y lacerantes de casi todo ‘malandro’. Es decir, morir un poco, para luego empezar a perdonarse y resucitar.
Es cierto que el cristianismo oficial de nuestros tiempos tiene versiones conservadoras furibundas como aquella que censura programas de televisión, predica contra el aborto terapéutico y los métodos anticonceptivos, hasta inmiscuirse en la política. O incluso descarriadas, como la que esconde, bajo las jerárquicas sotanas de algunos de sus más eximios representantes, la condenable pedofilia. Sin embargo, y afortunadamente, también alberga entre sus abanderados más discretos, una militancia fiel y coherente con lo predicado por Jesús en el Evangelio. Ese es el cristianismo en el que quisiera creer. El cristianismo de Ana Marzolo.
Rene
Gastelumendi