En una trocha adonde el asfalto no llega, salpicando polvo, cuando no barro, a esos campesinos de hermosos sombreros pero muy pobres, pasa la camioneta doble cabina y doble tracción con su conductor nuevo rico. Este ya no mira a los costados, mucho menos a los ojos, y se toma la licencia de olvidarse del prójimo, de sí mismo, de cuando él o sus padres aún caminaban en ojotas. Sigue manejando raudo y ajeno.
La descrita es, hace tiempo, una escena cotidiana en el campo cajamarquino, y ahora también en la ciudad. Es inevitable, es comprensible: los campesinos miran con envidia y resentimiento ancestral a los conductores de esos briosos armatostes motorizados, imposibles de alcanzar con sus caballos o sus mulas. A unos los miran así por ser vecinos desmemoriados, a otros por ser limeños o costeños arrogantes con actitud de conquistadores, de patrones que no son. La humildad rural cajamarquina, inocente, resignada a ver cómo el progreso pasa frente a sus narices sin que pueda tocarlo, a todos esos individuos les llama ingenieros, sin importar su profesión o catadura.
Solo en contadas excepciones, según me contaron los piqueteros andinos del paro que aún no se levanta en la zona, estos “ingenieros” le brindan un asiento al agricultor, a la anciana, ahorrándoles horas de caminata desde el caserío hasta la posta, desde el poblado a la única bodega. Se trata del encuentro de dos mundos: el del progreso con el estancamiento y la falta de oportunidades, el de la indiferencia con la miseria. Un encuentro que es desencuentro. El desencuentro más cotidiano de la poderosa minera con la población. La población que habita sobre los confines que ocultan el oro codiciado, valioso mineral que solo la empresa tiene la capacidad de extraer. Inexplicablemente, dada la gran cantidad de especialistas en relaciones comunitarias con la que cuenta, la millonaria minera en cuestión no ha sabido manejar este predecible problema sociológico que macera un trauma de raíces ancestrales, que nace desde los tiempos de la conquista y el traicionado Atahualpa. Gran error estratégico de la empresa transnacional, de sus trabajadores y sus contratistas. Las consecuencias están siendo muy dañinas para su ya cuestionada legitimidad en el andino, profundo y todavía verde, escenario de sus operaciones.
Rene
Gastelumendi