Los puritanos gringos, cuando lo inventaron sus paisanos decimonónicos, le llegaron a llamar el “anticristo”, como anticipando la realidad que se impondría con el tiempo: el desplazamiento de la figura de Jesús a un absoluto segundo plano, justo de cara a la fecha de su nacimiento. Todo un sacrilegio que las sociedades de origen cristiano hemos preferido pasar por alto. Hace mucho que el marketing de la rojiblanca y barbuda imagen de Papá Noel se impone sin remordimientos en calles, hogares, tiendas, bares y plazas, a las representaciones de quien originalmente inspirara la festividad que nos abruma. Podríamos decir que hasta las réplicas del famoso nacimiento, en las cuales, por cierto, los reyes magos son los primeros en opacar a los protagonistas del cuento, ocupan ahora un espacio de cortesía en los hogares occidentales.
Ironías de la vida, el llamado Papá Noel contradice, de forma cada vez menos implícita, la ética de su derrotado rival ideológico, pues éste no denuncia a los ricos ni exige que se lo den todo a los pobres. Tampoco es, como Jesús, el señor de la misericordia y el amor incondicional. Al contrario, según sus creadores, representa más bien la justicia, pues Papá Noel solo le trae regalos a los niños buenos y no a los malos. Con el tiempo, la Navidad se ha convertido en una fastuosa muestra del oportunismo humano, del festín capitalista y del hedonismo sin límites. Poco a poco le fuimos extirpando su sentido religioso hasta transformar el 25 de diciembre en una fecha consagrada a las compras, a las panzadas y a un calor familiar más bien secular. Pero el pecado, sin embargo, no es tan grave como parece. Todo indica que Jesús, si en verdad nació, no lo hizo la madrugada de aquel día.
Resulta que esta fecha es producto de una convención cristiana que no tiene, en la práctica, ningún respaldo fidedigno. Tradicionalmente, los pueblos boreales siempre habían celebrado alrededor de la citada fecha el solsticio de invierno, es decir, cuando los días empiezan a tornarse más largos, tratando de simbolizar algo así como que la tierra volvía a la vida, lo cual era considerado el mejor momento del año para instaurar el nacimiento de sus dioses. Resumiendo, se dice que los primeros cristianos condenaron estas celebraciones paganas, ya que ellos, desde la otra orilla mística, estaban esperando el fin del mundo y, por tanto, no guardaban lugar para los placeres terrenales.
Fue entonces que los seguidores de Jesús, allá por el siglo IV, tuvieron que tomar una decisión estratégica: unirse a la competencia. Entonces, alegaron (contrariamente a los hechos conocidos) que Jesús había nacido ese día y usurparon la conmemoración del solsticio para su Iglesia. Liberémonos de las culpas, los cristianos antiguos “plagiaron” la Navidad, y su celebración, desde su origen, estuvo marcada por la ambivalencia.
Rene
Gastelumendi