¿Qué es todo eso?, me preguntaron mis ocasionales compañeros de asiento en el avión que me traía de regreso a mi querido Perú de costa desértica y capital brumosa. El argentino y su novia (para colmo argentinos) y yo, observábamos por la ventana los escombros con tejado, en medio de la tierra sucia, prologando la pista de aterrizaje que aún no se avistaba. Algunos pies más abajo, aparecieron entonces los chanchos rodeados de basura radiante, parcelados con desechos. Los ‘ches’, como todos los extranjeros del vuelo, recibieron una carta de presentación de mi país con el rostro de una villa miseria gigantesca. Lo mismo, es lamentable, ocurrirá con todos los miles de extranjeros que llegarán en los vuelos de día, durante toda la temporada.
Por unos tres meses, el verano limeño retira el manto de neblina color panza de burro que suele cubrir nuestro cielo y, desde él, nuestros eternos pendientes. Pero durante el invierno la neblina también oculta, además del reclamado sol, precariedad, mugre, descuido, ausencia de autoridad y políticas urbanas, más allá de la pobreza. No hay una segunda oportunidad para dar una primera impresión, reza la frase y, la primera impresión que se lleva un foráneo del Perú desde el aire, en esta época del año y de día, atraviesa con crudeza las ventanas del avión que la tripulación, por normatividad, obliga a mantener abiertas. Minutos antes de llegar, el Perú hace su primer contacto visual con los viajeros a través del miserable paisaje que protagonizan las chancherías clandestinas, cuyos animales, acorralados con trastes y desperdicios, son alimentados con la cochinada que los rodea y los engorda para luego formar parte, en alguna parte, de la boyante gastronomía peruana. (Los peruanos comemos rico). Sí, de la gastronomía peruana, punta de lanza de la marca Perú, cuyo eficaz mercadeo, tan inmerso en una corriente de renovada autoestima nacional, poco o nada puede hacer ante la cruda estampa tercermundista que nos ofrece la llamada provincia constitucional, allá abajo.
Previamente, unas viejas embarcaciones casi impresentables flotando en el mar de Ventanilla casi no son frontera visual entre los techos polvorientos y sin terminar que luego empiezan a aparecer como un asentamiento humano postnuclear ubicado en ese absurdo administrativo, con presupuesto propio, que sigue siendo El Callao. El vecindario del, tan corporativamente celebrado y premiado, Aeropuerto Internacional Jorge Chávez da mucha vergüenza.
Mi trabajo me ha permitido aterrizar en varios aeropuertos del mundo y, por lo menos, en ninguno de Latinoamérica, que recuerde, he tenido tan agresivo recibimiento estético, tan mala primera impresión.
Rene
Gastelumendi