Estuve en esta última Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE) que culminó el sábado en Urubamba. Los empresarios y las autoridades políticas que acudieron a la cita de tres días estaban contagiados, más que nunca, del entusiasmo que han generado las auspiciosas cifras sobre el crecimiento peruano tan publicitadas últimamente. El consenso fue que el sistema de gobierno, que los candidatos con más posibilidades de llegar a la presidencia el próximo abril, salvo Ollanta Humala, pretenden continuar, con sus matices, está funcionando. Que nuestro país va a liderar el crecimiento de la región este año, que tenemos una de las inflaciones más bajas del planeta, que hacia el 2013 nuestro ingreso per cápita podría superar los seis mil dólares, que la pobreza se ha reducido a un 30 por ciento. En fin, una inacabable serie de pronósticos y cifras alentadoras. Pero, ¿y la educación, la educación peruana? Lo cierto, es que la reunión se llevó a cabo en un colegio, el colegio estatal general Ollanta (pura casualidad). Un trasfondo irónico sin duda, tomando en cuenta que la educación pública es el patito feo de todos estos números que están adornando nuestro innegable progreso. Un progreso incompleto de raíz, tomando en cuenta los resultados de la última vez que nuestras autoridades aceptaron medir a la educación en los índices comparativos del World Economic Forum (WEF) en el año 2007, (ahora solo nos medimos en materia económica). En aquella oportunidad quedamos en el puesto 131, el último lugar.
En años recientes, tal vez para no hacer el ridículo, ya no nos sometemos a ese ranking, como tampoco a las pruebas del Programa Internacional para la evaluación de estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), consideradas las más importantes del mundo. En esas pruebas, en el año 2000, quedamos en el puesto 37 de 37 países participantes y, en el año 2003, la última vez que nos medimos, quedamos en el puesto 43 entre 43 países. La gran mayoría de nuestros niños no comprenden lo que leen y tienen serias deficiencias en el razonamiento matemático. Si a esto le agregamos la desnutrición - que aqueja a más del 30 por ciento de nuestros niños de las áreas rurales- estamos frente a una deuda histórica que la falta de coherencia de las políticas educativas de los sucesivos gobiernos ha generado. Es verdad , el Apra ha empezado la reforma educativa con la nueva ley de la carrera pública magisterial, librando del incompetente Sutep a la educación peruana, pero aún, como diría el poeta: hay, hermanos, muchísimo que hacer. Los candidatos a las próximas elecciones presidenciales tienen la palabra.
Rene
Gastelumendi