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Martes 22 de Mayo del 2012

Columnistas | 25-01-2011 | Rene Gastelumendi

VÓLEY PERUANO

 

No me gusta ver a Cecilia Tait, quien fuera considerada una de las mejores jugadoras de vóley  del mundo, tratando de repetir el plato parlamentario como insignia de Perú Posible. Me decepciona recordar cuál fue el legado legislativo de la gran matadora Gabriela Pérez del Solar  durante su imperceptible paso por Unidad Nacional en el congreso. Imaginarme a Halle Berry,  en el ocaso de su carrera, trabajando como modelo en algún programa de televisión peruana, me produce la misma sensación que volver a ver a la estupenda  Cenaida Uribe atrapada por la viscosa intrascendencia  de los Vegas y Mencholas. 

 

Que el vóley es el deporte masivo que más alegría le ha dado al pueblo peruano es una verdad indiscutible, pero que la política está desgastando la enorme figura de nuestras heroínas olímpicas también lo es.

 

El recuerdo es de muchos y es el mismo: aquellas levantadas de madrugada, durante Seúl 88,  en las que vimos ganar a nuestra selección un partido tras otro hasta que, en el duelo final, cayeron en épico combate ante el equipo soviético. El equipo que nos robó esa parte del sueño pertenecía a un conglomerado de estados con una estratosféricamente mayor política deportiva que ya había ganado cientos de medallas de oro en este tipo de competencias y en varias disciplinas. Para el Perú, en cambio, esa medalla de oro  hubiera sido la única de su precaria  historia  deportiva. Ese “casi” rozar la gloria de, literalmente, las manos de una excepción a la regla, es la razón por la que gran parte de los peruanos, entre los que me incluyo, estaremos eternamente agradecidos.

 

Cuando regresaron  con la medalla del segundo puesto, el amor del pueblo, su pueblo sufrido elevado hasta el cielo aunque sin tocarlo, pero elevado al fin,  cubriría de oro aquel pedazo plateado y ese fue el mejor trofeo y el mayor logro de ese inolvidable grupo de mujeres peruanas. No habrá otro igual.  -Nos recibió más gente que el Papa Juan Pablo II-, me diría en alguna entrevista la china Rosa García,  quien ahora postula al congreso por Solidaridad Nacional, 22 años después, mientras una lágrima furtiva caía por mi cara tras  ese certero mate que me daba la nostalgia, una vez más. Prueba personal e  irrefutable del romance hasta la muerte que muchos, como yo, seguiremos viviendo con ellas, porque las matadoras son y seguirán siendo nuestras novias.  Aún hoy, ya casi a sus cincuentas, es inevitable percibir que realmente fueron una estirpe de guerreras espartanas en un país que tenía  el alma más llena de  derrotas que de victorias, todavía sin Mulanovich, sin Malpartida, sin Juan Diego, sin Nobel. Sin duda, nuestras matadoras seguirán siendo enormes y altivas, pero esta merecida idealización, si bien puede servir para que las  listas políticas que ahora “representan”  les absorban la gloria y se aseguren  con el imperfecto y emotivo voto preferencial de los peruanos, no alcanza para convertirlas en buenas congresistas.

 

 Definitivamente, plagándolo de capítulos indeseados, la política está malogrando un cuento de hadas nacional.

 

 
Rene
Gastelumendi

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