Columnistas | 01-03-2011 | Rene Gastelumendi
Es obvio que a todos los postulantes se les nota las ganas que tienen de ser presidentes, pero a Castañeda Lossio se le nota, además, ‘angurria’. Su rostro, que ya de por sí es rígido, se ha endurecido aún más, y la frustración por la incertidumbre y un inocultable horror por la derrota terminan convirtiendo su esforzada sonrisa en una mueca torcida. Cada vez que ese señor declara a la prensa da la impresión de que si no llega a Palacio podría quedar profundamente deprimido.
Si asumimos que todo lo que hizo durante su gestión edilicia ha sido un cálculo político, aquello sería entendible. Los ocho años que fue alcalde de Lima no estuvieron, realmente, al servicio de la ciudadanía sino, más bien, al servicio exclusivo de su proyecto personal. Hizo escaleras en los cerros, parques zonales en los conos y ‘hospitales de la solidaridad’, es cierto, pero siempre plagados de su propaganda y autobombo. El mismo nombre de sus ‘hospitales’ fue de por sí una pequeña trampa propagandística metida de contrabando durante su administración, al igual que el amarillo de los peldaños de los que tanto se vanagloria. Nunca le dio la gana, en cambio, de resolver una problemática tan crucial en toda capital que se respete y que le hubiera mejorado la vida a todos, desde los más ricos, hasta los más pobres, a quienes dice deberse: el transporte público. Prefirió invertir millones de dólares en sus piletas, a la postre, divertimento emblema de la consolidación de su estética mediocre y autoritaria de espaldas a la cultura.
El caos vehicular y la miseria de nuestro transporte, aspectos de los que tanto renegamos, están peor que cuando este señor inició sus funciones. Y claro, chocar con más de un millón de votantes, entre choferes de combis, cústers, taxis y mototaxis, no era conveniente para su ambición particular. No haber hecho absolutamente nada en ese aspecto, durante ocho años, me parece sencillamente imperdonable porque su inacción me sigue afectando la vida de forma artera, como a muchos de ustedes. Con el filtro de las revisiones técnicas, también se lavó las manos y le endosó el trabajo sucio e impopular a nuestro ineficaz Ministerio de Transportes. Como si fuera poco, vivo en Barranco, por tanto soy aún más víctima de su gestión. He visto como los ya consolidados desvíos que generó su prepotente Metropolitano han terminado por asfixiar nuestro simbólico distrito con huecos, chatarra y humo indeseables. Total, no importa, pues allí viven menos de cincuenta mil votantes. Que se jodan. Pero su obra estrella no es rentable, apenas satisface la demanda de menos del 10 por ciento de la población, costó casi trescientos por ciento más que el proyecto original y fue inaugurado días antes de que lance oficialmente su candidatura. Otro ejemplo descarado de su estrategia calculista basada en la elemental ecuación concreto=eficiencia. Para colmo, la actual gestión de Susana Villarán ha recibido, como dice este diario, una bomba de tiempo, pues las rutas alternas al Metropolitano están llenas de competencia desleal: cuarenta actas de autorización fueron dejadas por la anterior gerencia de transporte urbano y, gracias a esto, cientos de vehículos de 44 empresas tienen licencia para seguir circulando impunemente. Recordemos, con los ambulantes del centro de Lima ocurrió lo mismo. El ‘señor de las piletas’, de puro picón, le dejó varias trampitas a su sucesora. El caso Comunicore, la millonaria comisión a la OIM, la liquidación de las Bienales de Arte de Lima y la inauguración del teatro Municipal incompleto son solo unas cuantas rayas más al tigre, a ese tigre que Castañeda Lossio no es.
Rene
Gastelumendi