Las actuales convulsiones del mundo árabe-islámico han centrado gran parte del debate internacional en el hecho de determinar si las supuestas revoluciones se convertirán en verdaderas democracias o si es que estas juventudes, todavía en ebullición, quedarán aún más sometidas si es que terminan cediendo el poder a grupos islámicos por ahora mucho más organizados. Como dice el analista internacional argentino-libanés George Chaya: “Al final del camino, todo lo que usted estará observando serán dictaduras, no importa que ellas sean autocracias o teocracias, serán dictaduras al fin. En nada cambia que se sojuzgue a un pueblo con ideas nacionalistas-arabistas como las de Mubarak, Gaddafi, Ben Ali y Assad, o se lo haga a través de estructuras e ideas teocráticas como las de Ahmadinejad, Al Qaeda o el Talibán, todo lo que usted ve es “gatopardismo” puro, es cambiar todo para que nada cambie. Mientras tanto, los derechos de las personas continúan conculcados, sus bienes destruidos y sus libertades aniquiladas.” Termina.
Solo el tiempo y la forma en que finalmente intervendrán las potencias mundiales, en esta parte del planeta que alberga el sesenta por ciento de las reservas de petróleo del mundo, nos responderán esta interrogante. Pero en la actualidad existe un modelo interesante y exitoso de convivencia entre religión y democracia: Turquía. Históricamente, dada su posición geográfica, este país siempre ha sido un puente entre dos cosmovisiones. La reciente publicación de una encuesta elaborada a fines del año pasado por la Fundación de Estudios Económicos y Sociales de Ankara, nada menos que en siete países de mayoría islámica, indica algo sorprendente: dos de cada tres ciudadanos consideran que Turquía puede ser el ejemplo a seguir como "síntesis de islam y democracia". Tal revelación fue hecha la semana pasada por la Subsecretaria de relaciones exteriores de ese país Ayse Segcin. En su ardua lucha por formar parte de una Unión Europea que hasta el momento les es esquiva, las autoridades turcas están aprovechando la actual crisis del medio oriente para publicitar, en cuanto evento internacional sean invitados, las bondades de sus sistema político. Es cierto que a lo largo del tiempo los turcos han tenido que librarse, con sus idas y venidas, de la tutela militar sobre el poder civil pero, desde que entró en vigencia el Tratado de Unión Aduanera con la UE en 1996, se sentaron las bases para la expansión de la economía turca hasta el inicio de las negociaciones de adhesión (2005). Desde entonces las inversiones extranjeras suman 70.000 millones de euros y el ingreso per cápita se ha duplicado hasta situarse en unos 10,500 dólares anuales. Turquía, quien por cierto forma parte de la Otan es, hoy por hoy, un Estado de mayoría musulmana (99% de sus 75 millones de habitantes), pero ostenta, desde 1982, una Constitución laica y un sistema democrático pluralista. Su emergente economía ha crecido por encima del 6% anual durante la década pasada gracias a su expansión regional. Pero, como no todo es perfecto, existen algunas dudas sobre este régimen islámico moderado, como la reciente detención de más de una decena de periodistas acusados de formar parte de un movimiento golpista ultranacionalista denominado ergenekón.
Rene
Gastelumendi