Era un sábado cerca de las siete y treinta de la noche, regresaba de la playa y tenía que hacer las compras para la casa. Me estacioné entonces en un supermercado. Una vez bajado del auto, el vigilante me advirtió que en media hora iba a haber un simulacro de terremoto. Lo primero que pensé fue que debía apurarme, que de ninguna manera iba a perder el tiempo en esa diligencia engorrosa y así lo hice. Un minuto antes de que suene la alarma ya estaba regresando a mi hogar con las compras hechas a la volada. Satisfecho y hasta orgulloso de haber evitado el simulacro. Estoy seguro de que, lamentablemente, muchos de mis compatriotas tienen la misma actitud ante este tipo de ejercicios de cara a alguna posible tragedia que creemos que nunca llegará, hasta que llega. Pero ahora, luego de ver lo ocurrido en Japón, a través de esas impresionantes imágenes que su tecnología puso a disposición de los medios, no me queda más que arrepentirme, reflexionar y rezar.
Todo puede estar yendo bien, nuestro celebrado crecimiento económico, nuestro progreso de a pocos, nuestras compras, nuestro día, hasta que la tierra empiece a temblar y la falta de preparación, a nivel nacional y personal, frente a un terremoto, remueva todos nuestros cimientos, todos. Los pasos hacia adelante serían interrumpidos, de golpe, entre las ruinas dejadas por una catástrofe telúrica ocasionada por la incontrolable fuerza de la naturaleza. Tal vez solo allí, en medio de los escombros, aprenderemos una lección que hace poco nos la recordó el vecino Chile y que ahora nos la recuerda el lejano Japón. Ni siquiera lo ocurrido en nuestro suelo, como en el caso de Pisco, hace ya más de tres años, mejoró sustancialmente nuestra cultura preventiva.
Japón, la tercera economía del mundo, considerado por su experiencia como uno de los países más preparados para este tipo de eventos, está hoy sumido en una desgracia que superó su organización ejemplar. Cada día que pasa se descubren más vidas perdidas y más consecuencias nefastas para su economía. Por tanto, realmente me atormenta imaginar lo que pasaría con nuestro querido Perú. Un país cuyo PBI es veinte veces más pequeño que el japonés y cuya organización y preparación también están en sus antípodas. Lo concreto es que solo nuestra capital, hoy por hoy, constituye un caso de terror. Según el colegio de Ingenieros, el 75 por ciento de las viviendas de Lima es informal. Esto significa que no tienen licencia de construcción y que tampoco han tenido inspección técnica de Defensa Civil alguna. En suma, son precarias y muy vulnerables ante un sismo de proporciones. Gran parte de estas viviendas está ubicada en las zonas populares, pero la Lima central también acusa serias deficiencias. La cuestionada Ley 29090, ha permitido la proliferación de edificios de hasta cinco pisos con licencia automática y sin inspecciones, lo cual ha elevado el promedio de construcciones de la capital hasta unas 65 mil viviendas anuales. En los debates presidenciales no se ha escuchado una sola palabra al respecto. Ahora que escucho al jefe de Defensa Civil decir que la reacción de la población ante el simulacro de tsunami ha sido un éxito, me río de nervios, volteo hacia mi ventana, miro el mar y, una vez más, vuelvo a creer en Dios.
Rene
Gastelumendi