Como a esta misma altura de la contienda en las elecciones pasadas, Ollanta Humala vuelve a encabezar las intenciones de voto. La diferencia es que esta vez, según las encuestas, no es Alan García quien lo secunda sino Keiko Fujimori, con la que viene disputando las preferencias de la pobreza y la pobreza extrema. Como periodista he acudido a varios mítines de estos dos personajes y no es difícil darse cuenta de que realmente los seguidores más entusiastas de estas fuerzas políticas son los ciudadanos más desvalidos de nuestra sociedad. Imperan las bocas desdentadas, las familias repletas de niños, las miradas desconfiadas y desaliñadas. Los une la sensación de esperanza mesiánica que les despiertan quienes tienen al frente, pues salir del último escalafón social en donde todavía se encuentran les parece, sencillamente, algo milagroso.
Aunque ambos vienen consolidándose en el mismo sector, los que creen en Humala presienten que éste es la única alternativa de patear el tablero, de redistribuir la riqueza del país y liberarlos al fin de su sufrimiento. Los que siguen a Fujimori, en cambio, confían en que Fuerza 2011 aliviará sus necesidades básicas a través del asistencialismo, incrementando el número y el presupuesto de los programas sociales, dándoles títulos de propiedad y así asegurar su supervivencia. Sin embargo es Humala, el que va primero, quien más temores genera en un proceso electoral cuya última foto, otra vez según las encuestas, nos coloca en uno de los escenarios que Vargas Llosa graficó como tener que elegir entre el cáncer y el sida. Nuestra clase política no aprendió la lección.
Ahora, mientras escribo, pienso en que si algo hay que agradecerle a Alan García es haber impedido, entonces, que el Perú se convierta en un país bolivariano y que no entre al indeseable club de Chávez, Correa, Morales, Ortega y compañía, como al que por aquellos días era más que evidente que el imperfecto candidato nacionalista quería pertenecer (hoy dice que no y no le creo). En el 2006 ganó García, pero un mensaje fue dado de manera contundente: una buena parte del Perú se siente excluida, al margen del crecimiento macroeconómico. Humala superó el 43 por ciento de los votos y asustó a muchos que como yo, pensamos que no está al nivel de lo que representa. Hay que entender que esto fue un síntoma, no un problema en sí mismo. El síntoma de que la exclusión histórica, en el Perú del 2011, persiste casi con la misma crudeza.
Luego de casi cinco años de gobierno, si bien ha habido mejoras, la percepción es que estas no alcanzaron para pagar la deuda pendiente cuyo aviso de cobro nos hicieron llegar las elecciones pasadas. La exclusión peruana agrede a sus víctimas día tras día, cada vez que una compatriota pobre va a parir a un hospital del Estado y, por ejemplo, como acaba de suceder, le cambian de bebé. Cada vez que el portero de mi edificio me observa salir del garaje y recuerda que no terminó la primaria. Porque la exclusión peruana se da en dos aspectos cruciales que marcan nuestra existencia como seres humanos: La educación y la salud, las cifras oscuras de nuestra macroeconomía. Ambas señalan nuestros destinos y ambas también pueden definir nuestros votos.
Rene
Gastelumendi