Son muchas las peculiaridades peruanas que podrían ser propuestas en las mejores facultades de sociología y antropología del mundo, como interesantes objetos de estudio. La última de ellas, el resultado de la primera vuelta que aún no terminamos de asimilar, es un tema de tesis.
Lo cierto es que nuestra democracia nos ha colocado en la increíble y tortuosa disyuntiva de tener que elegir entre los dos candidatos que más miedo y resistencia nos generaban: Ollanta Humala y Keiko Fujimori. Dos personajes que nos siguen provocando, como sociedad, algunos de los temores más profundos: la pérdida de libertades económicas y la pérdida de libertades democráticas. En suma, sentimos nuestra libertad amenazada y eso nos aterra. Ambos candidatos y sus asesores de campaña ya conocen muy bien el estrés político que estamos atravesando la casi mitad del país que no votó por ellos (tan histéricamente manifestado en las redes sociales, como el inefable facebook, otro objeto de estudio para las ciencias humanas). Saben, pues, porque dos más dos son cuatro, que sus eventuales victorias dependerán de a cuántos de nosotros logren conquistar. Somos, en colectivo, como una novia con dos pretendientes impresentables que se disputan su mano con el primitivo fin de asegurar la perpetuación de sus especies. La gran ventaja que tienen aquellos dos pretendientes impresentables es que la novia se tiene que casar a la fuerza con alguno de ellos. La coyuntura nos ha posicionado, entonces, como todo un objeto de deseo y, tomando en cuenta que la conquista, en términos democráticos, bien se parece a un cortejo, hay que seducir, nos tienen que seducir.
En los próximos días vamos a ser testigos de dos cuidadosas operaciones de marketing político muy similares. Juegos de seducción cuyas estrategias, dada la naturaleza del reto, no radicarán precisamente en los encantos de los dos pretendientes que nos quieren gobernar, ya que está claro que no nos gustan. Por tanto, las primeras batallas se darán en el terreno del prestigio ajeno, en el adorno sólido a cambio de ciertas cuotas de poder y de maniobra. Las dos candidaturas intentarán reclutar la mayor cantidad de personalidades que puedan garantizar lo que ellas, por sí mismas, no pueden. Sumado a compromisos en el papel, que en algún y definitivo caso debieran firmar ambos candidatos, como una declaración de amor hacia nosotros, el desfile de reputaciones prestadas ya comenzó. Ya veremos cuál de las dos seducciones nos llevará al altar. Al menos, por ahora, seguimos siendo la novia.
Rene
Gastelumendi