Hoy, empuñando mi estandarte del voto nulo, me rindo y, al rendirme, por fin me libero. Que otros señores columnistas, tan entendidos ellos, descifren mi país y nos digan qué está bien o qué está mal, qué es lo que se debe hacer y qué es lo que no se debe hacer. Por quién votar y por quién no votar; sus razones y sus sinrazones, sus dudas y sus certezas. Les concedo, desde mi intrascendente pero emancipada trinchera, la propiedad de la verdad y la patente de la influencia. Dejemos que, parafraseando a Pep Guardiola, sean ellos los putos jefes de la opinión pública, los putos amos de la argolla intelectual peruana, más limeña que peruana, pero peruana al fin. Sí, que sigan trazando arbitrariamente esas líneas imaginarias entre los buenos y los malos porque, después de todo, son leídos por menos del cinco por ciento de la población, algo que prefieren ignorar cada vez que escriben para luego mirarse al espejo sintiéndose orgullosos de ejercer su noble y privilegiada labor. Que aprovechen la libertad de expresión como les plazca, que se revuelquen en ella, que mueran por ella, por ese oligopolio del que forman parte. Si es eso lo que los hace felices, bien por ellos y adelante. Hoy yo haré como mis amigos los surfistas, evadiremos a los señores columnistas sin culpa, iremos a la playa a correr olas sin molestar a nadie, sin analizar a nadie, sin juzgar a nadie. Protegidos de los noticieros, inmunes ante los dominicales y blindados frente a la agenda política de la semana, a las tensiones de las encuestas y a esos escritos etnocentristas redactados desde el ombligo de una ilustración impostada.
“Intentar” arreglar el mundo y, sobre todo, pontificar a diestra y siniestra, como mercenarios de la vanidad que aguarda agazapada detrás de sus palabras, es una tarea que hoy cedo y encargo a los insignes representantes del periodismo peruano con vitrina asegurada. Al fin y al cabo, ellos nunca sabrán lo maravilloso que es sentir, aunque sea por un instante, que lo único importante en la vida puede ser algo tan simple como montarse sobre ese regalo de la naturaleza que es una ola, recorrerla, dominarla, entrar sin miedo en su caverna líquida y luego salir airoso para después, en la orilla, tal vez bajo una puesta de sol, recibir el beso de una compañera. Una jornada heroica de autismo salvaje como el que hoy proclamo, emulando a esas tribus de aislados voluntarios del Amazonas, esas que son de nuestra misma especie. Hoy no me importa si doña Keiko o don Ollanta llegan al poder, hoy me da lo mismo, como me da lo mismo también lo que digan, piensen y escriban aquellos respetables dueños de la verdad. Que opinen ellos, que decidan ellos sobre lo que, por ahora, sentados sobre nuestras tablas contemplando el mar y esperando la ola soñada, felizmente no nos contamina. Aloha.
Rene
Gastelumendi