Hoy, 17 de mayo, se celebra el día internacional contra los crímenes de odio, de los cuales, los más frecuentes en el mundo son los que sufren los miembros de la comunidad autodenominada TLGB (trans, lesbianas, gays y bisexuales). Varios de ellos asesinados, violados, heridos, discriminados y maltratados por el solo hecho de tener una opción sexual diferente.
En el Perú aspiramos, sobre todo en el aspecto económico, a ubicarnos entre los países del primer mundo, pero no sucede lo mismo con otro tipo de aspiraciones igualmente importantes, como el hecho de que en una sociedad madura e integrada, todos deberíamos ser iguales ante la ley. El 22 de marzo pasado, el estado peruano decidió no adherirse a una declaración conjunta de 85 países ante al Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Un documento en que los estados se comprometieron a gestionar políticas públicas para hacer frente a los actos de violencia y a las violaciones de derechos humanos dirigidas hacia las personas integrantes de este marginado colectivo.
Existen leyes específicas que protegen a la mujer de la violencia doméstica o a los niños de la explotación o el abuso, pero estos compatriotas, tan peruanos como nosotros, no tienen las mismas garantías. En este sentido, el gobierno saliente nos colocó al mismo nivel de intolerancia que países africanos y del medio oriente (toda nuestra vecindad firmó el documento). El año pasado se presentó un proyecto de ley para penar este tipo de delitos, fomentado por el congresista Carlos Bruce, pero no fue ni será prioridad en los debates del Congreso. Espero equivocarme, pero creo que no existe voluntad política de tratar el tema porque no da réditos, se trata de una minoría electoralmente prescindible.
En esta reñida segunda vuelta discutir una propuesta referida a la homosexualidad podría resultar hasta contraproducente para cualquiera de los dos candidatos. De entre los llamados candidatos fuertes solo Toledo intentó poner en la agenda pública la posibilidad de legislar la unión civil entre personas del mismo sexo. Si bien la propuesta, fomentada también por el congresista Carlos Bruce, no se refería al, aún más polémico, asunto matrimonial, el llamado Prelado de la Iglesia Católica en el Perú no tardó en lapidar la iniciativa desde su púlpito.
El cardenal Juan Luis Cipriani, quien, entre otras pocas felices frases, alguna vez dijo que los homosexuales no están en los planes de Dios, se refirió al tema diciendo que el matrimonio es de uno y una para toda la vida, que aunque haya gente que proponga diversas cosas,no son católicas, no están en el orden natural y que la propuesta no estaba en la línea de lo que nos enseña la Iglesia y la naturaleza humana. Ollanta Humala y Keiko Fujimori pasaron a la segunda vuelta. El primero se esmeró en ventilar en los medios la visita que le hizo al cardenal y el rosario que éste le regaló. De la segunda, se puede decir que es más que evidente que es su candidata preferida.
En conclusión, lo que dice Cipriani importa y mucho, pues aprovecha una realidad inocultable: si bien no lo es de manera oficial, el Perú es un estado confesional con una mayoría católica, un inmenso rebaño culposo de doble discurso. También preocupa, por cierto, que las otras religiones cristianas que “compiten” con el catolicismo -me refiero al abanico evangélico- tengan una postura aún más intolerante frente a estas iniciativas. Tremenda paradoja, pues en varios capítulos de la historia y aún hoy en los países islámicos, los cristianos han sido y son objeto de este tipo de agresiones deplorables, los crímenes de odio.
Rene
Gastelumendi