Somos un país de desconfiados, de incrédulos. Según diversos estudios recientes tenemos uno de los peores índices de confianza interpersonal e institucional del mundo. Pero como si jugáramos al masoquismo, en estas elecciones presidenciales, fueron precisamente los dos candidatos que más rechazo generaban al electorado los que pasaron a la segunda vuelta. Es decir, el país de los desconfiados se puso, a sí mismo, ante la disyuntiva menos confiable de todas las posibles. Duda tras duda persiguen a Fujimori y Humala, al punto que cada vez que ellos o sus voceros son arrinconados por las repetidas preguntas de los periodistas, las argumentaciones de respuesta terminan confrontándonos al dilema existencial de creer o no creer, a una cuestión de fe. Hacia ambas candidaturas, los principales temores tienen nombres propios. En el caso de Ollanta, según las últimas encuestas, el mayor rechazo que genera sigue siendo su vinculación con Hugo Chávez y, en el caso de Keiko, el hecho de ser la hija de un sentenciado por delitos de corrupción y derechos humanos. 46 y 43 % respectivamente, según las últimas encuestas. Hasta el momento Fuerza 2011 va ganando esta guerra de credibilidad de acuerdo a su mayor intención de voto. Si bien Gana Perú representa mejor el cambio y la justicia, Fuerza 2011 representa mejor la continuidad del modelo, la modernidad, el desarrollo, la paz y la democracia, según Ipsos- Apoyo. Los numerosos compromisos y juramentos de Ollanta Humala, por más saludables que sean, no están dando los resultados esperados y están siendo percibidos como camisas de fuerza que reprimen temporalmente la verdadera ideología y carácter que hay detrás de su candidatura.
En un país en el que las preferencias políticas no se dan sobre la base de la razón si no, más bien, de las emociones y las percepciones subjetivas, Keiko, a pesar de haber efectuado menos gestos, está logrando vencer la desconfianza de la población. El electorado parece tenerle más miedo a la sombra de Hugo Chávez que a la de Alberto Fujimori y la tendencia es que cada vez más ciudadanos se traguen, con menos dificultad, esos tremendos sapos que implica votar por Fuerza 2011: legitimar implícitamente la dictadura fujimontesinista y darle el poder a quien, como dice Mario Vargas Llosa, es testaferro electoral de su padre. Esta postura está siendo menos dolorosa, está generando menos miedo que la posibilidad de que un tirano como Hugo Chávez tenga alguna injerencia sobre la política peruana. Los avales de grandes personalidades hacia uno y otro candidato, en la guerra por la credibilidad, librando sus propias batallas, están siendo determinantes. En este delicado contexto, la intromisión del Cardenal Cipriani es inaceptable. El psicoanalista Moisés Lemlij, quien va votar por Fuerza 2011, ha dicho que se sobredimensiona el verdadero poder de la religión sobre la política peruana, sin embargo, la iglesia es una de nuestras pocas instituciones con nota aprobatoria en los estudios sobre credibilidad y confianza. Somos un Estado laico en teoría, pero confesional en la práctica. El contrapeso del Nobel no es, como se arroga a sí mismo, el economista Hernando de Soto. Es el controversial sacerdote Juan Luis Cipriani quien, utilizando una vez más la influencia que tiene, desde su púlpito, sobre este rebaño culposo y desconfiado, está inclinando la balanza por una cuestión de fe.
Rene
Gastelumendi