El voto duro del Humalismo obtenido en la primera vuelta y el índice de la pobreza peruana coinciden en porcentajes, ambos casos, poco más del 30 por ciento de la población. En Cusco, Ayacucho, Huancavelica y Puno, el corazón de nuestra sierra, en el tradicionalmente llamado Perú profundo, Gana Perú ha arrasado, obteniendo en esta segunda vuelta porcentajes de votación que sobrepasan el 70 por ciento. Salvo el matiz aymara-quechua de Puno, se puede decir que en este conglomerado andino hay una uniformidad étnica, cultural, social y geográfica. Las mencionadas regiones, además, están dentro del grupo de las ocho más pobres del país.
Dicha uniformidad también reposa, desde los tiempos de la colonia, en la marginación y exclusión de los intereses de la llamada clase dirigente que los ha venido gobernando desde la lejana Lima. A la sazón, el periodista Aldo Mariátegui ha bautizado ese mapa ardiente como “Humalalandia”.
A esta uniformidad hay que agregarle otro denominador común: la pésima educación recibida. No en vano, el hoy elegido Ollanta Humala describió, durante la campaña, esta precariedad educativa como un instrumento de dominación. Estos compatriotas no son una mayoría, es cierto, pero siguen siendo los eternos protagonistas de la histórica fractura social de nuestro país.
Una fractura expresada en toda su magnitud, por ejemplo, cada vez que los términos indio, ignorante y serrano invadían las redes sociales cuando sus citadinos miembros se referían a los que desde un inicio votaron por el temido nacionalismo. La respuesta a esa clásica pregunta vargasllosiana de ¿en qué momento se jodió el Perú?, yace detrás de los montañas más caprichosas y hostiles de toda la cordillera de los andes, cuya altiplanicie facilitó y ocultó el abandono de sus habitantes.
El Perú se jodió cuando la costa se tornó prepotente, patán y abusiva frente al resto del país y olvidó que el Cusco, antes de que lleguen los españoles, era el ombligo del mundo para toda una civilización originaria que luego, en la colonia, fue desplazada y deformada a punta de saqueo y genocidio.
Ya en la era republicana nunca hubo una real voluntad integradora y, si la hubo, como algunos podrían decir del caso de Velasco, se intentó aplicar de la peor forma. Luego de aquel intento fallido, este otro Perú, el que siguió fracturado, fue el caldo de cultivo para que surgiera algo tan nefasto como el terrorismo de Sendero Luminoso, un síntoma inequívoco de esta fractura latente. Si alguna virtud ha tenido Ollanta Humala es haber hecho suyo el diagnóstico y empoderar a los ignorados.
Ya en la segunda vuelta, teniendo al Fujimorismo como contendor, la mayoría electoral del resto de la población terminó sintonizando democráticamente con este otro lado de los andes como nunca antes en nuestra historia post colonial. Hoy estos compatriotas están, al fin, debidamente representados, y son ellos lo que han definido estas elecciones. Si filtramos los intereses subalternos del contrabando, el cultivo ilegal de la hoja de coca, la minería informal y le agregamos una decidida política de eficiencia en la ejecución del gasto público de las regiones, podemos decir que el destino ha colocado a Ollanta Humala frente a una oportunidad histórica. Es el gran momento de formar una identidad común sobre la base de la integración y del crecimiento conjunto, respetando las normas, las diferencias, y sin extremismos ideológicos trasnochados.
Rene
Gastelumendi