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Martes 22 de Mayo del 2012

Columnistas | 14-06-2011 | Rene Gastelumendi

El Corcovado alanista

¿Puede haber algo más idóneo para simbolizar la arrogancia de la persona que nos ha gobernado durante los últimos cinco años que la futura efigie de Cristo que ‘adornará’ Lima? Probablemente no. El futuro armatoste luminoso que el presidente Alan García pretende imponer como legado a nuestra capital, de concretarse, sin duda llevará una placa con su nombre.

 

 Las palabras que se deberían escribir en el desafortunado recordatorio ya las escribió Gastón Acurio hace un mes en su cuenta de Facebook, como respuesta al “que hablen los que saben” de  nuestro aún Presidente durante la polémica que ambos sostuvieron sobre los transgénicos: “Tener el ego elevado no está bien. Tener el ego colosalmente elevado está pésimo. Pero tener el ego colosalmente elevado y ser líder de un país. Eso sí que es imperdonable”.

 

Ningún otro texto podría sentarle mejor a una eventual lámina conmemorativa del monumental atropello estético en camino. Lo de Acurio fue un adelantado compendio del significado de un acto prepotente disfrazado de filantropía, de un sorpresivo gesto de aparente generosidad que, en realidad, evidencia la vanidad desbordante, casi patológica, de su anunciado factótum. Si se llevan a cabo las intenciones presidenciales, el denominado ‘Cristo del Pacífico’ será el corolario del comportamiento de García en el poder, pues lo elevará a la categoría de irresistible objeto de estudio de las facultades de psicología peruanas, de caso clínico. Una inmediata reminiscencia a un ego descomunal que llegó a perturbar la ejecución de irrepetibles posibilidades de gestión, que es para lo que llegó a la presidencia.

 

Ese será su verdadero legado pero, lamentablemente, no el único. Si se consuma esta imposición avalada por el dictadorzuelo chorrillano Augusto Miyashiro,  consagrado asesino de paisajes, Alan García también atentará, para la posteridad, contra nuestra frágil identidad, aún en formación, como país y como ciudad. El ‘Cristo del Pacífico’, del que se dice podrá ser avistado desde todo Lima, es un emblema urbano importado y ajeno. Es una copia del Cristo Corcovado de Río de Janeiro, postal ineludible y exprimido protagonista cliché de las millones de fotografías de sus numerosos visitantes, con el que nada tenemos que ver. Sin embargo, el emblema carioca, erigido en la por entonces capital brasileña hace ya casi ochenta años, no es idéntico a su eventual sucedáneo, pues éste tendría siete metros más de estatura.

 

El proyecto contempla la colocación, sobre el árido morro histórico de Chorrillos, de una estatua  de concreto que tendría 37 metros de altura y la posibilidad de adoptar hasta 26 colores de luz diferentes. Esta última inquietante característica se manifestaría, por ejemplo, en octubre, mes en el cual la luz de la imagen sería morada; antes, el 28 de julio, ésta se tornaría rojiblanca y así sucesivamente hasta agotar un repertorio luminoso que terminará por liquidar la labor científica de nuestro ninguneado observatorio y consolidar un impacto ornamental de consecuencias insondables.  

 

El ‘balconazo’ visual está costando cerca de un millón de dólares abonados por un patronato empresarial peruano-brasileño, al cual el saliente dignatario nacional dice haber abonado cien mil soles de su bolsillo. Por fortuna, la alcaldesa de Lima y su equipo han salido en nuestra defensa, calificando el sorpresivo regalo presidencial como anacrónico, desmesurado e inconsulto. Pronto veremos cuál es el margen de maniobra de nuestra alcaldesa (y también el de nosotros como ciudadanos, por cierto) para evitar esta herencia forzosa con el cuerpo de Jesús y el espíritu de García. ¿Qué emblema urbano sería el apropiado para Lima? Esa es otra historia.

 
Rene
Gastelumendi

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