Humala no es Markarián ni la selección de fútbol es el país, pero hoy provoca que lo fueran. Si el asunto fuera tan simple como agregarle el sufijo “ian”, que revela el origen armenio de nuestro entrenador estrella, al apellido de la ilustre familia ayacuchana, muchos exigirían a gritos tal maroma gramatical. No es una incógnita cómo hubiera reaccionado el estratega uruguayo ante una situación similar a la del hermano presidencial Alexis. Ya lo vimos saltar como un resorte, directo a la yugular, defendiendo nuestro fútbol ante el espeso periodismo chileno. Si ganamos la copa América, es muy probable que la aprobación del saliente Alan García suba, al mismo tiempo que la del entrante Ollanta Humala. Ese es el mágico poder del fútbol. La cancha es el campo de batalla de las guerras modernas. Sin sangre, sin muertos, sin armas, solo once contra once, pero con la misma sed de héroes y gloria.
Un sabio de este deporte como el argentino César Luis Menotti, quien por estos días debe estar muy triste por la eliminación de la selección de su país, alguna vez definió al fútbol como la cosa más importante dentro de las cosas menos importantes. El concepto es brillante pero impreciso, un día como hoy en el Perú, a solo un partido de llegar a la final de la Copa América. Por más que al fin se haya pronunciado el presidente electo por el problema familiar, por más que estemos a una semana de cambiar de gobierno, 22 seres humanos luchando por el control de un balón es lo que más cautiva la atención ciudadana. En términos de sintonía, el público deja bien en claro, dadas las astronómicas cifras logradas por la transmisión televisiva de este torneo, que el fútbol es lo que más le importa y no es para menos. Abrumados por la retahíla de cifras macroeconómicas alentadoras tan promocionadas por el saliente gobierno, por una pretendida hegemonía culinaria encumbrada hasta el hartazgo, por épicas conquistas como el nobel de Literatura a manos de un compatriota, entre varios otros logros no tan notables, asoma un asunto pendiente que aún no nos deja surfear la ola del optimismo por completo. Algo falta.
Casi treinta años de fracasos en competencias internacionales, en el deporte más popular del mundo, son una herida abierta, una amarga resignación en el exigente comparativo regional, la parte oscura de la repotenciada autoestima peruana. ¿Por qué diablos no se contrató antes a Sergio Markarián, en lugar de colocar en el puesto a consabidos monigotes como Uribe y Del Solar? De haber sido así, de hecho nos hubiéramos ahorrado varios años de sufrimiento innecesario. Ojalá, más pronto que tarde, podamos plantearnos la misma pregunta respecto del hombre que está a punto de conducir nuestro país. Vamos, Perú, carajo!
Rene
Gastelumendi