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Martes 22 de Mayo del 2012

Columnistas | 26-07-2011 | Rene Gastelumendi

Alan, el grande

La enorme figura de Alan García se ha convertido en una suerte de piñata irresistible para los golpes de la opinión pública a solo dos días de abandonar Palacio. La sociedad civil, tanto en las redes sociales como en el boca a boca de las calles, hastiada ya de una megalomanía tan sobrealimentada como él mismo, no se cansa de expresar su descontento respecto al estilo con el que nos ha gobernado. Conforme se acerca el 28 de Julio, la figura del presidente saliente que no se atreve a entregar en persona la banda presidencial, se debilita y se hace más vulnerable ante la inminente pérdida de poder y de presencia estelar en los medios. Y, como es bien sabido, cuando tarde o temprano la fragilidad alcanza a un altanero, salta el resorte que apretó precisamente su altanería. Un político, sin duda inteligente, cuyas principales armas de seducción electoral fueron su carisma y oratoria, termina encajando, por mérito propio, en el estereotipo de antipático, por no decir de patán.

 

Su aspecto físico, hay que decirlo, sobre todo su volumen, tampoco lo ayudaron mucho a contrarrestar los anticuerpos que provoca entre sus críticos, más bien estos se repotenciaron y lo caricaturizaron. Nadie puede negar que su generosa estatura, muy por encima del promedio peruano, matizada con una obesidad galopante, lo sentenció a culminar su segundo gobierno con una mirada marcada por el desdén permanente hacia el prójimo. Pues, salvo que sus interlocutores ostenten su misma talla, cosa poco probable entre la corte de reporteros que lo seguimos durante los últimos cinco años, lo quiera él o no, sus ojos terminaban apuntando por encima del hombro. Ya sea respondiendo alguno de los innumerables cuestionamientos que protagonizó la caterva de apristas que, bajo su gestión, plagó de ineficiencia el sector público, o incluso al dar una simple opinión sobre cualquier tema como jefe de Estado, su mirada fue la misma. Nunca la saludable autocrítica, siempre el autobombo y la descalificación de sus opositores, siempre tratando a sus compatriotas con los modales de un reyezuelo borbónico con pinta de pachá.

 

A ese estigma, mezcla de genética, de espíritu y de descuido, que opaca sus aciertos de gestión, ahora se la agrega, como cereza, la retahíla de inauguraciones apuradas. Obras inconclusas, pero con sus respectivas placas conmemorativas que estampan su nombre en desesperado intento de pasar a la historia como el hombre que aprovechó bien la segunda oportunidad que le dio el pueblo. Aspecto que desnuda, con mayor crudeza, su voracidad de presencia mediática, antes de que las cámaras y los flashes ya no le sigan tanto el paso y pierda la ya inútil posibilidad de mejorar el gris recuerdo que nos deja: el de un presidente que no repitió los descomunales errores de su primer mandato y que no malogró el crecimiento económico. Nada más que eso, señor García. Grande, solo por su tamaño y por su ego.

 
Rene
Gastelumendi

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