Las primeras señales de Ollanta Humala no deben causar sorpresa. Por un lado, cambiará la política internacional acercándose más al Brasil, lo cual implica un acercamiento a los países gobernados por la izquierda, desde el argentino hasta el venezolano. Por otra parte, el equipo de transición configura un gabinete conformado por miembros de la izquierda tradicional, lo que confirma un cambio en las reglas de juego económicas.
En lo político el principal riesgo real es que se altere nuestra relación con Chile. Uno de los aciertos del gobierno de García ha sido mantener las famosas cuerdas separadas, con el diferendo marítimo siguiendo su curso en La Haya y las relaciones económicas cada vez mejores. Ollanta cometió el error de decir que no iba a priorizar la “estabilidad laboral” del equipo liderado por Alan Wagner, gesto sin duda descortés frente a alguien que ha desempeñado una labor impecable al servicio del país. El presidente electo estaría asimismo apostando al Mercosur, lo cual podría poner en peligro lo avanzado de nuestra integración al mundo que, sin duda, nos conviene más que apostar por aliarnos a economías más cerradas y más pequeñas.
En lo económico, queda clara la agenda mínima en consonancia con las promesas electorales. El impuesto a las llamadas “sobreganancias” viene con todo. Lo único que queda por esperar es que se trabaje concertadamente con las empresas, para que no espantemos nuevas inversiones. Si se hace bien este trabajo, este impuesto (con el que no concordamos, pero debemos aceptar en democracia ya que la gente votó por él) podría ser tolerado. Todo dependerá de la fórmula que se utilice para su aplicación.
El otro tema que se viene sí o sí es el del gas de Camisea y su redireccionamiento al mercado interno. Una vez más, si las negociaciones se hacen bien y rápido, este cambio no tendría por qué afectar las inversiones. El gobierno podría exhibir mejores índices de reserva de energía. Pero el Consorcio podría perder rentabilidad dependiendo de las penalidades que puedan aparecer en el camino.
Sobre las medidas que afectan el gasto fiscal hay menos preocupaciones en el corto plazo. El equipo liderado por Burneo, Dancourt y Jiménez, se preocupará de mantener el equilibrio fiscal. El problema es que implementarán nuevos impuestos para financiar los programas prometidos e ingresos que probablemente no alcanzarán. Esto retraerá en principio el consumo y la inversión, y no será suficiente para satisfacer las demandas de los años siguientes. A partir del segundo o tercer año de gobierno podría incrementarse el déficit o el endeudamiento público. Podríamos entonces estar frente a un cambio en el modelo económico que no traería más sino menos prosperidad.
Las primeras señales, lamentablemente, confirman preocupaciones no radicales ni definitivas, pero suficientes como para estar bien alertas frente al cambio de reglas de juego.
Daniel
Cordova