Este título corresponde al de la última película de Almodóvar. Solo sé que el actor protagónico es Antonio Banderas y que el argumento se refiere a la intervención quirúrgica practicada por un cirujano a su mujer, no sé con qué propósito ni conozco de resultados. A pesar de la reserva sobre el filme para crear suspenso, la fama del director y del primer actor, la propaganda brutal sobre no sé si la aparente o real hazaña fílmica de este par de cíclopes y la pirámide de nominaciones que tuvieron para el premio Goya, resultó deprimente volver a casa con las manos vacías. Galardonado resultó el actor José Coronado, haciendo honor a su apellido, pisó los callos sagrados de la cinematografía ibérica, aunque no los de la gastronomía valenciana, como pudiese pensar cualquier distraído.
La piel que habito pudiese ser el nombre, de una obra surrealista, pero en mi caso, que me he aproximado en momentos críticos a los ciento cincuenta kilos, siento con la frase identificación total. Es mi “sleeping bag” permanente, una suerte de carpa fabricada a mi imagen y semejanza. Como que Dios, después de terminarla, al sétimo día tuvo que descansar. Por eso el domingo es nuestro día. Me apropio de los beneficios por las razones explicadas, pero el latín que en casos divinos termina imponiéndose, decidió que es el día del Señor, del Domine, de allí el nombre del último día de la semana.
El título me provoca ternura, me resulta consustancial y seguramente a todos los gordos que se expresen en castellano. El “hábitat” es un término que comenzó a usarse por sociólogos, luego pasó a urbanistas y se universalizó. Hoy se habla del hábitat de focas o de abejas, pero refiriéndose al ambiente adecuado. La bahía de Paracas, de mar manso y abundante pescado para regocijo de focas o lobos marinos, se convirtió en su hábitat, igual sucede con las praderas colmadas de flores de fragancia especial, que terminan en panales de miel exquisita, plena de poderes mágicos, dispuesta a revitalizar el género humano, una suerte de elixir buscado mucho antes del mago Merlín. Pero estos ejemplos, pletórico de reminiscencias poéticas, no son los que vengo buscando. Pienso en un gélido iglú en el caso de los esquimales, o una choza de madera y techo de palma, en la selva africana, hogar de una pareja joven. Estas son las pieles que habitan quienes viven en el hielo o en bosques tropicales y con ellos me identifico. Esto es un pretexto para decir que, si bien la película de Almodóvar no recibió una sola distinción, mereció, a mi lisiado criterio, el ‘Goya’ al mejor título. Hubiese aplaudido a rabiar de haberme encontrado entre los asistentes.
Alberto
Massa