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Miércoles 23 de Mayo del 2012

Columnistas | 03-11-2011 | Rosario Sasieta

NO ACEPTO

“No tratéis de guiar al que pretende elegir por sí su propio camino”

William Shakespeare

 

Una de las razones que me motivó a estar en el Congreso pasado fueron algunas necesidades que en mi trabajo de abogada me enfrentaba a diario y que era el suplicio de mis clientes. El divorcio municipal fue un anhelo alcanzado por miles de personas que deseaban resolver sus discrepancias en el ejercicio de su propia libertad.

 

Pero a veces veo con preocupación que algunas propuestas legislativas son presentadas con mucha improvisación y un casi total desconocimiento de la realidad social que se pretende legislar.

 

Por ejemplo, intentar dar carácter de matrimonio a la convivencia (unión de hecho en lenguaje legal) a mi parecer es un gran error. El matrimonio es una institución muy sólida, un pacto entre las partes (pacta sunt servanda), una decisión concertada ante un ente superior, que es autorizada, visada y firmada por quienes estén de acuerdo en aceptarla.

 

La convivencia es diferente, tiene otra connotación y por lo tanto otras formas. No se puede pretender que el Estado decida por las personas e imponga obligaciones que no se han aceptado, las monarquías son cosas del pasado.

 

Lo que nos vuelve libres es el poder de decidir, de proponer y aceptar sin ninguna presión acuerdos que afecten nuestro futuro.

 

El matrimonio genera “derechos y obligaciones”, la convivencia produce “efectos”, es decir, consecuencias jurídicas, una serie de facultades que tienen las personas. A diferencia del matrimonio, la convivencia puede terminar en forma unilateral, en el matrimonio se tienen que divorciar por mutuo acuerdo o por vía judicial. La convivencia no genera derechos hereditarios, el matrimonio sí.

 

¿Por qué el Estado se pretende irrogar la facultad de declarar casados a quienes solo conviven? ¿Por qué el Estado desea suplantar la voluntad de l@s ciudadan@s declarándolos como casados cuando nunca han manifestado la voluntad de serlo?

 

MUCHO CUIDADO. El casado casa quiere, pero el conviviente quiere su libertad y no existe nada ni nadie que pueda pretender mancillar su libre albedrío.

 

En los afectos, sentimientos y decisiones básicas no puede interferir el Estado. Si deseamos el próximo invierno “arrecunchumarnos” con “nuestra frazada con orejas” es NUESTRA decisión. Por lo menos déjennos en esto decidir. Hasta el próximo jueves.

 

www.rosariosasieta.org

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