Columnistas | 19-09-2011 | Ernesto De La Jara
“Yo voto por el retorno de los jueces sin rostro “, declaró ayer una congresista en una entrevista publicada en El Comercio. Se le salió también una expresión muy elocuente de su pensamiento: hay remanentes – de Sendero Luminoso – que tienen que “desaparecer”.
Los congresistas no tienen que saber de todo, pero para eso tienen asesores. ¿Ninguno le pudo proporcionar la mínima información a la congresista antes de que opinara de manera tan categórica frente a temas que se vienen discutiendo desde hace más de treinta años?
Para comenzar: ¿por qué no se tomó el trabajo de averiguar cuántos son los casos de terrorismo que están pendientes de ser juzgados y que justificarían montar todo un costoso sistema de jueces anónimos? El número es mínimo (no deben pasar de 20), al punto que la sala antiterrorista, para no quedarse con los brazos cruzados, tuvo que asumir los delitos del crimen organizado.
El temor de los jueces a condenar terroristas sería el fundamento del planteamiento de la congresista. ¿Cuántos jueces han sido asesinados por SL o el MRTA? Felizmente – según las estadísticas conocidas - ni uno solo. El MRTA mató a uno, pero fue por un problema laboral. Este hecho fue constatado en el año 2000 por el Relator de Naciones Unidas para Detenciones Arbitrarias, constituyendo un argumento más para que se pronunciara en contra de la figura en cuestión.
En cambio, Sendero Luminoso asesinó cobardemente a un número elevado de alcaldes, autoridades comunales, empresarios, militares, policías, periodistas, dirigentes sociales, ministros y congresistas. ¿Deberían todos ellos pasar a cumplir sus funciones – según la lógica de la congresista - tras un espejo o con pasamontañas, y firmar con una clave, tal como actuaban los jueces sin rostro en el pasado?
Todo delito es cometido por una persona peligrosa que puede intentar vengarse del juez que lo condenó. Entonces, también deberían ser sin rostro los jueces que procesan a secuestradores, violadores, narcotraficantes, corruptos, asaltantes, violadores de derechos humanos, etc. ¿Y por qué solo proteger con el anonimato a los jueces? Con el mismo criterio también deberían pasar a ser clandestinos los fiscales, policías, procuradores, autoridades penitenciarias y todos los que tengan contacto con los delincuentes.
La congresista parece ignorar que los jueces sin rostro fueron una de las principales causas que llevaron a que miles de personas inocentes (la CVR calcula que más de 15,000) terminaran en la cárcel, acusadas injustamente de terrorismo. Tal vez este dato lo conozca, pero poco le debe importar a quien no tiene ningún reparo en proponer la pena de muerte una y otra vez.
Algún asesor le debería haber informado de que hay un sin número de sentencias de la Corte Interamericana que han establecido que los jueces sin rostro atentan contra la Convención de Derechos Humanos. Esta consideración determinó que nuestros tribunales tuvieran que volver a juzgar a todos los integrantes de SL y el MRTA – incluidas sus cúpulas - que habían sido condenados por magistrados de ese tipo, muchos de ellos del fuero militar.
Y así lo hicieron un conjunto de jueces con rostro – a pesar de todas las complicaciones que traía el tener que hacer un segundo juicio, después de muchos años - sin que ellos hayan sufrido algún atentado o amenaza.
Todos debemos de colaborar para que el terrorismo no vuelva a ser el de antes. Y hay que mirar nuestra experiencia para saber qué debemos hacer y qué no. Pero en esto la congresista tampoco tiene la menor idea. ¿Qué fue lo que derrotó a Sendero Luminoso? ¿Los jueces sin rostro, las desapariciones, el grupo Colina? No, se sabe que lo fundamental fue un inteligente golpe policial (la captura de Guzmán) y el hecho de que la población pasara a enfrentar a SL a través de las rondas campesinas en el campo (Ayacucho) y de las organizaciones sociales en las ciudades (María Elena Moyano).
Toca a los propios jueces salirle al frente a la congresista, recordando que, cuando volvió la democracia, ellos pidieron “perdón” por haber aceptado impartir justicia de una manera indigna.
Ernesto
De La Jara