Prendo la televisión y me produce una gran desazón encontrarme con la cara de alguien que considero, simplemente, impresentable. Cambio de canal y ahí está otra y la racha continúa, con las excepciones del caso. Son los “periodistas” que durante la época de Fujimori y Montesinos fueron cómplices. Los que contribuyeron con operativos sicosociales y hasta trataron de boicotear la transición a la democracia, a cambio de beneficios personales.
Prueba de su mala conciencia es que cuando cayó Fujimori algunos pidieron perdón, otros dieron explicaciones tontas y algunos salieron por un tiempo de la televisión o del país. ¿Cómo después de haber estado en el fango lograron reciclarse? Y encima creen que tienen el derecho a ser líderes de opinión y a darnos clases de moral.
Pero, lo que es más grave, es que nosotros lo permitimos. ¿Por qué fuimos tan pasivos? Justificaba – y hasta ahora se puede hacer - la creación de un grupo de “indignados”para que no se atrevieran a regresar y también contra los dueños que nos los volvieron a imponer.
Si van a un evento social se les trata cual estrellas de Hollywood. No hay siquiera una sanción moral o social, como ocurre en otros países. Después nos quejamos de que haya gente que cree que puede hacer lo que le da la gana.
Y no se diga nada de las y los conversos televisivos. No nos referimos a quienes evolucionan con todo derecho, proceso por el que, además, casi todos pasamos. Estamos pensando en los que despotrican por principio contra todo lo que creyeron hasta hace muy poco. Y lo hacen en tono personal, con violencia, usando información supuestamente “de adentro”, recurriendo a mentiras y exageraciones. Sus enemigos son ahora sus íntimos, y viceversa.
Por último, están los caraduras. Son llamados a la TV porque han alcanzado el nivel de ‘figureti’ por insultar, recurrir a campañas mentirosas, hablar mal hasta de su madre, no dejar ninguna línea sin su carajo y no tener límites (vamos a ver de lo que es capaz). Otros son los faltosos, que se hacen conocidos burlándose públicamente de todo, incluida la ley, y por una actitud ‘achorada’ que busca meter miedo.
El circo completo, con un público aplaudiendo, sin darse cuenta de la perversa manipulación.
- Conflictos: El presidente Humala tiene una gran oportunidad de marcar una diferencia en el manejo de conflictos, así los haya heredado del pasado. Hay tantos que ya estallaron y que se vienen, que sería bueno presentar oficialmente toda la información que necesitamos para saber bien de lo que estamos hablando: la superficie concesionada o en camino de estarlo; la que está en explotación; la se superpone a propiedades o reservas naturales. Las que están en conflicto y los efectos socio- ambientales, producidos o no y los que se alegan.
La parte del territorio que es para las comunidades, para la minería, agricultura, reservas, y otras actividades. Buenas y malas prácticas. El porcentaje de la población que reclama. Las empresas informales con las que hay que terminar. Las trayectorias de los dirigentes. Los casos en los que se ha recurrido a la violencia.
Todas las cifras económicas: lo que se invierte y lo que se gana; lo que se aporta al país y a la zona afectada; el número de trabajadores que benefician y sus condiciones de trabajo. Si las empresas extranjeras están cumpliendo los estándares de su país; el comportamiento de Ministerio de Energía y Minas. Luego habrá que diferenciar caso por caso.
Una rápida y equilibrada reglamentación de la ley de consulta ayudaría mucho, así como si se hace mal, sería el detonante de muchos conflictos más, por las expectativas generadas. La creación de mecanismos institucionales con capacidad de decisión sería mucho mejor que las mesas ad hoc para cada caso.
Ha llegado el momento de demostrar que el perro del hortelano ha sido desterrado.
Ernesto
De La Jara